Por Félix Cortés Camarillo

Yo tengo muchas dudas de que los gobernantes de los países que integran el G-20, que se reunieron en Saudí Arabia el fin de semana pasado vía la magia del Internet, le hayan entendido al presidente López -suponiendo que le pusieron atención a sus dos por suerte breves participaciones- cuando se quejó de los malvados neoliberales que le heredaron un país ineficiente, corrupto y vil que él está salvando un día sí y otro también acabando con una corrupción que a nosotros nos dice que ya no existe.

Estos circos mediáticos en los que los mandatarios desfilan con sus discursos de propaganda personal, como los de la Asamblea General de las Naciones Unidas, no tienen consecuencias prácticas. Ni altos ratings. En el caso del presidente mexicano y sus discursos ante el grupo de los países más prósperos del mundo, solamente exhibieron la candidez con la que López Obrador pretende manejar un país que en lo económico recurre al pasado del carbón y el petróleo, en seguridad convoca a los delincuentes a portarse bien y pensar en sus mamacitas antes de cometer sus desmanes, y en la salud se encomienda al Santísimo y sus escapularios, o en su caso a las limpias con copal en sahumerios y yerbas en manojos que barren su cuerpo. O a las cifras falsas que sobre la pandemia le fabrica López-Gatell y el difunde y defiende con firmeza y tozudez.

Envuelto en esa ingenuidad, López Obrador pidió a los países ricos una quita en la deuda enorme de los países menos favorecidos. Entre las 18 recomendaciones que leyó el presidente rey de Arabia Saudita se encuentra el de mantener congelada la deuda seis meses sin elevar las tasas. Y digamos que nos fue bien.

La ingenuidad del presidente López no es de su exclusividad: la compartimos, en diferentes proporciones todos los mexicanos.

Tomemos las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, teóricamente aún sin concluir. De este lado del río les atribuimos una importancia capital como si en ello nos fuera la vida nacional.

Puede que nos vaya, pero no tanto. Una cantidad mayor que la que se mostró allá en el Norte nos dice que los mexicanos creemos que Joe Biden será un mejor presidente para los mexicanos. Ese es el engaño. Cualquiera de los dos, Trump o Biden tratarán y están comprometidos a ser un buen presidente para los estadunidenses. Los Estados Unidos tienen intereses, no amigos, dice el dicho histórico. Esos intereses, muy probablemente Joe Biden jurará defender el 20 de enero próximo en las escalinatas del Capitolio.

Nuestra nación es lo suficientemente antigua como para que se dé cuenta, finalmente, que los problemas de los mexicanos solamente los podremos resolver los mexicanos si estamos dispuestos a trabajar, dura y honestamente, juntos.

RECOMENDACIÓN para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, dígale a la señora Scheinbaum que no se meta con la grey guadalupana y recomiende a los de sotana que dejen abierta la Basílica grandota del 10 al 13 de diciembre; si no pudieron con los seguidores de San Judas Tadeo el otro día, la Patrona -para que me entienda- es Ligas Mayores. La fe guadalupana no reconoce barreras. No le buigan.

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