Pocas veces la historia de la humanidad ha estado tan marcada por su mediocridad. Los grupos humanos, como fenómeno de masas, se sumirán en la mediocridad si no existen personas y medios que los impulsen en alguna dirección hacia la superación.

Será la excesiva concentración en el consumismo, o la educación mecanicista, el antropocentrismo tan acentuado, la exagerada verticalidad y lejanía del poder y de quienes lo ejercen también en una medianía bien poco imaginativa, o la fragmentación del pensamiento ante la ola de una data inmanejable, o lo que sea que descubran los sociólogos y los sicólogos de masas, pero el bicho del covid, desnudó los débiles cimientos del mundo “moderno” y las falacias que impulsan el rumbo actual.

Nada más observar un pequeño espacio de tiempo y se descubren los síntomas de la mediocridad. Presidentes o jefes Estado que se ensimisman y deambulan  promoviendo reivindicaciones inspiradas en sus mediocres marcos de análisis y pensamiento.

Minorías y algunas no tan pequeñas, que pelean contra las leyes y llaman a la anarquía buscando logros a costa de la sociedad sin importar las consecuencias, enarbolando el populismo regresivo más incendiario que se pueda apreciar.

Autoridades que todo lo confunden y ni siquiera han logrado convencer a la gente de las tres sencillas reglas para navegar en la pandemia, ahora hasta con la ocurrencia de aplicar medidas punitivas por desear suicidarse como método de aprendizaje social.

Una realidad donde los hechos, restricciones y los datos duros ya no tienen valor y los aforismas se convierten en mantras que al pronunciarse ya resolvieron todos los problemas.

Intentonas sin fondo real de que acelerando lo que la ciencia  sabe que no se debe apurar, se vacune a la humanidad esperando que el efecto placebo y la suerte hagan su parte para que todo regrese a lo que se sabe estaba mal de origen.

México como las casi 200 naciones que integran la ONU, tiene todo el potencial necesario para formar parte de los grupos sociales que crean las tendencias en el mundo y que son jugadores claves en cualquier tema, pero hemos aceptado transcurrir en la mediocridad.

No se trata de culpar más al gobierno de nuestra medianía, por cierto muy claro ejemplo de mediocridad según la experiencia histórica y los datos, no sirve tratar de encontrar en otros la causa de algo que es un fenómeno social inaceptable: convertimos en un antivalor  la lucha por superarnos.

Todo lo que es útil para alejarnos de nuestra incompetencia para pensar socialmente lo hemos decretado como algo nefasto y hasta lo combatimos y debilitamos.

La educación, el trabajo, el ahorro, la previsión, el espíritu de cuerpo, el debate, la autocrítica, y todo eso se refleja en la calidad, estructura lógica, profundidad y cuidado de nuestro estructura de pensamiento.

Estamos manejando el país y  vidas con el espejo retrovisor como referencia y en lugar de aprovechar la circunstancia para cambiar lo que no funciona, queremos replicar lo ya pasado y que nos puso de rodillas.

La invaluable oportunidad que otorga la pandemia y el encierro para el autodidactismo, alejados de toda mecanización que ata el pensamiento a una serie de reglas de etiqueta, lo pensamos como una plaga a la que hay que solo cumplirle. Imaginemos la oportunidad tan grande de enseñar en persona a nuestros hijos y jóvenes esta nueva manera de aprender y explorar el mundo del saber.

La solidaridad mínima que se demanda para vivir en sociedad es substituida por la exclusión social y el no-hacer-nada, esperando que el gobierno lo resuelva todo.

La rutina que nos autoimpusimos, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar a pensar.

En los rutinarios todo es menor esfuerzo, la acidia aherrumbra la inteligencia. Cada hábito es un riesgo, porque la familiaridad aviene a las cosas detestables y a las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales, el ojo percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende a no agitarse por torpes acciones como las que ahora son la norma.