Por Carlos Chavarría

La idea de que la negociación política se ate a la funcionalidad es algo inmanente a la política misma y hoy que se están definiendo candidaturas para los procesos electorales que se avecinan, se esta privilegiando con absoluto descaro al pragmatismo sin sentido de culpa por sobre la lucha en sí por una mejor política.

Una pequeña muestra de ese pragmatismo exacerbado reside en los rostros que ya se han destacado como punta del proceso al menos en Nuevo León. Tatiana, Clara Luz Flores, Larrazabal, Adrián de la Garza, etc., no son sino una intentona pragmática de restarle votos a MORENA con la popularidad de personas sin importar los esqueletos que podrían tener guardados en el closet apostándole a la poca memoria de las masas de electores .

Ya no importan principios, postulados partidistas, doctrinas y geometrías, se trata de atajar el curso de acción que lleva el régimen a como de lugar, y éste, de defenderse sin importar los resultados.

La realidad es que amor pagado no sabe ser fiel sino a sí mismo. Cuando se recurre al pragmatismo como única salida al propósito político, el régimen siempre ganará en razón natural de las debilidades manifiestas de los candidatos “populares” que no tienen capacidad, discurso ni oferta creíble o posible.

La verdad es que el presidente ya registró como de su patente un terreno discursivo donde lleva todas las de ganar al convertirse en el cambio verdadero hacia un país menos corrupto y justo. Quiéranlo o no, cualquier mancha en el pasado de los candidatos en ese sentido, anula el voto útil y quizás hasta el voto duro de cualquier partido.

Suplantar a los partidos mediante el pragmatismo disuelve las posibilidades de aglutinar el esfuerzo real de sus miembros y dirigencias.

Inutilizar a los partidos políticos en una sistema democrático que se basa en esos mismos partidos políticos por el afán sin escrúpulos de solo de llegar, pronostica un resultado: inconformidad y simulación. Eso también es un éxito que se puede apuntar un caudillo.

“El verdadero político no solo debe evitar caer en la seguridad del funcionario y en las veleidades del romántico: también debe evitar la deformación profesional que le es específica, a saber, la vanidad, el olvido de su causa en favor de su embriaguez personal”. // Max Weber