Por José Jaime Ruiz

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@ruizjosejaime

De El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera (en español publicado por Tusquets), se desprenden las siguientes reflexiones.

– Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos.

– ¡Con qué ligereza y con qué defectuosos materiales edifica el hombre sus excusas!

– Los callejones sin salida son mi mejor fuente de inspiración.

– El pasado de cualquiera de nosotros puede ser perfectamente adaptado lo mismo como biografía de un hombre de Estado, amado por todos, que como biografía de un criminal.

– Hay momentos en la vida en los que uno tiene que batirse en retirada. En los que debe rendir las posiciones menos importantes para salvar las más importantes.

– Era inútil pretender atacar con razonamientos el firme muro de sentimientos irracionales con los que, al parecer, está modelada el alma de una mujer.

– Yo puedo inventar cualquier cosa, reírme de la gente, idear historias y gamberradas, pero no tengo la sensación de ser un mentiroso ni me remuerde la conciencia; cuando digo esas mentiras, si quieres llamarlas así, soy yo mismo, tal como soy; al decir una de esas mentiras no estoy fingiendo, sino que en realidad digo la verdad.

– Si te puedo dar un consejo, la próxima vez sé honesto y no mientas, porque ninguna mujer respeta a un hombre que miente.

– …en efecto, tiene una mujer muy joven; y lo que es peor: está enamorado de ella; y lo que es aún peor: le tiene miedo; y lo que es aún muchísimo peor: tiene miedo de perderla…

– …la mujer fea espera lograr algo del esplendor de su amiga más guapa; la amiga guapa, a su vez, espera reflejarse con mayor esplendor si la fea le sirve de telón de fondo…

– …también le tenía aprecio a la enseña bajo la cual se pasaba la vida marchando: la enseña del eterno acoso a las mujeres.

– Seguía pensando en aquella enseña. Y también en que, con cada año que pasaba, lo que cada vez importaba menos de aquel acoso a las mujeres eran las mujeres, y lo que cada vez importaba más era el acoso en sí. Siempre que se trate de antemano de una persecución vana, es posible perseguir diariamente a cualquier cantidad de mujeres y convertir así este acoso en un acoso absoluto.

– Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea con exceso (si va unida a la humildad), presenta, además de su natural incomodidad, cierto aspecto enternecedor.