Por Félix Cortés Camarillo

Todo lo que soñé era mentira…

«Falsa», Joaquín Pardavé

Debo confesar de entrada mi ignorancia en los campos de la métrica sociológica de las encuestas de opinión o preferencias electorales que leo con mucha curiosidad precisamente porque nunca en mi vida me ha llamado a mí alguien que quiera conocer mi opinión o mis inclinaciones ideológicas, comerciales, sexuales o de las otras. Tampoco conozco a una sola persona que haya sido consultada sobre esos particulares. Me encuentro condenado entonces a enterarme por lo que publican los periódicos, que existen en algún sitio seres humanos que piensan de manera parecida a la mía y desprecian a los mismos políticos que yo, esto es casi todos.

Debo asumir que algún rincón del universo se esconden esas mil, dos mil o cinco mil adultos mayores de edad que contestan a unos cuestionarios que me tengo que imaginar porque nunca he conocido uno. Creo que son producto de la imaginación creativa de mercadólogos y estadísticos que alquilan su ingenio a los que pueden pagarles para impulsar la venta de sus productos, sean pasta de dientes, detergentes o candidatos a alguna regiduría, atribuyéndoles altos porcentajes de popularidad o inclinación a su favor.

Uno de estos días sonó el teléfono de casa. Generalmente suena cuando son llamadas indeseables; las personas deseables marcan mi teléfono celular. Los indeseables son generalmente los vendedores de productos que no necesito ni deseo, los cobradores de pagos que se me olvidó hacer o personas cuya torpeza les provocó marcar equivocadamente mi número.

En esta ocasión se trataba del primer grupo, lo que facilitó mi respuesta e hizo breve la comunicación. De sopetón me preguntó si estaba yo dispuesto a dejarme poner la vacuna contra el Coronavirus y yo simplemente le dije que no.

Si yo fuese un buen reportero le hubiera preguntado cuál de las vacunas que todavía no existen en las bodegas sanitarias de este país, quién se las había vendido al doctor López-Gatell, cuál era el índice de eficiencia comprobada, dónde y quién la fabricaba, cuales son  los efectos colaterales que se han presentado en los laboratorios, cuánto le había costado cada dosis al gobierno mexicano, por qué era necesario que algunas vacunas se apliquen en dos sesiones y cómo la iban a hacer las autoridades mexicanas para mantener las sustancias vivas a temperatura extremadamente bajas.

Estoy seguro de que no hubiera tenido el «siervo de la Nación» que marcó mi número respuesta a alguna de mis interrogantes probables: cuando mucho ladraría en el teléfono la palabra Pfizer que es la primera que vendría a su memoria. La mera pronunciación de ese nombre es ya probable motivo de transmisión del virus en nuestro entorno.

Detrás de esta simple anécdota hay una realidad muy triste. Yo solamente expresé un sentimiento que, aunque no esté documentada por cifras porcentuales, creo que compartimos muchos mexicanos. El descrédito total que las afirmaciones del gobierno ha logrado cimentar al cabo de año y piscacha de ejercicio, particularmente en el campo de la salud frente a la pandemia para la que no ha sido capaz de vacunar ni siquiera al uno por ciento de la población de este país. Trátese de adultos mayores, niños, mujeres, o habitantes de localidades remotas. Todo se ha reducido a cotidianas afirmaciones de que todo va muy bien, que ya vamos de salida, que nadie se quedará sin su vacuna, que los contratos de compra ya están sellados y pagados los anticipos. Seguramente las comisiones a los intermediarios que conoceremos dentro de seis años, también.

Solamente los zafios no desean el pronto restablecimiento del presidente López, cualquiera que sea el mal que le afecta. Los ingenuos queremos creer que en este breve lapso de recogimiento haya tenido la oportunidad y el buen juicio de evaluar su política, no solamente en torno a la pandemia. Los mexicanos tenemos derecho a que nos diga la verdad y el presidente tiene la obligación de hacerlo

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, señor presidente, ¿por qué está dejando morir el Museo del Papalote, en Chapultepec?

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