Por Eduardo Campos Sémeno

                                                                                                         ecampos50@gmail.com

No quiero ser dramático, pero los hechos son los siguientes: 1) El PRI en Nuevo León tiene un candidato a la Gubernatura. 2) El PAN de Nuevo León tiene otro candidato a la Gubernatura. 3) Llega al Estado un panista foráneo ex Gobernador, ex senador y acreditado mapache electoral.

4) En una aparición más que pública, el político visitante dice: “yo soy panista, y seguiré siendo panista”. 5) Acto seguido, este militante panista y hasta una vez secretario general para Asuntos Electorales en el CEN del PAN, proclama que viene a ayudar y a impulsar las candidaturas del PRI de Adrián de la Garza y Francisco Cienfuegos.

¿A qué horas entró Nuevo León a la Dimensión Desconocida y no me di cuenta? Digo, porque al menos como se planteó la aparición de Juan Manuel Oliva Ramírez en el proceso electoral del estado, la cosa no tiene pies ni cabeza: Un panista que desdeña al candidato panista de Nuevo León y luchará contra él para impulsar al candidato priísta, pero —eso sí— sin dejar el panismo de sus amores.

Ni dándole el matiz de las tribus partidistas se entiende la jugada: Un panista-calderonista llega para auxiliar a los priístas-medinistas a “rescatar” el estado. ¿Cuándo la unión de dos chuecos ha dado un derecho? ¡Nunca!

Claro que la jugada se entiende si parafraseamos y reconstruimos el anuncio hecho ayer y que quedaría como sigue: “Le tenemos miedo a Clara Luz, a Morena y a AMLO y creemos que va a estar difícil ganarles en junio, por eso decidimos romper todas las formas y los fondos para preparar una opción —mapachismo incluido— que pueda darle la gubernatura al PRI”.

Aún así, con todo y semejantes maromas políticas, no creo que les alcance.