Por Félix Cortés Camarillo

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Cuando las cosas de la vida no van bien y comienzan a ponerse peor, el decir popular afirma que éramos muchos y parió la abuela.

Ahora que los mexicanos nos habíamos acostumbrado a las penurias del Covid 19 y a la inevitabilidad permanente de los cubre bocas, la higiene extrema y la sana distancia, o mejor dicho nos habíamos resignado a vivir con ellos, se nos presentan de sopetón tres flagelos adicionales.

Primero se dejó venir una onda gélida que los meteorólogos nos habían avisado que arrancó en Siberia y que después de hacer estragos en Canadá y los Estados Unidos, iba a llegar hasta las mismísimas casas de la capital del país con unas bajas temperaturas a las que nuestro cuerpo no está habituado, para las que nuestra vestimenta no corresponde y que los que hicieron nuestras casas no tomaron en cuenta al diseñarlas.

Esto desde luego, para los afortunados que tenemos casa en donde guarecernos; los que no, están alimentando la nueva estadística de los que mueren de frío en las calles.

Luego resultó que, cuando mi mujer estaba en la regadera, se fue la luz. En traducción libre eso quiere decir que se acabó la tele -¡imagínese!- pero al mismo tiempo el agua caliente y la estufa para hacerse un cafecito, porque en este edificio no se permiten instalaciones de gas u otro combustible. El teléfono de casa, que también es eléctrico, tiene tres días muerto. Pero lo peor es que nos quedamos sin conexión de internet, que es fundamental para que mi hija pueda ir a las clases de su escuela y para que su padre se dedique a lo que se dedica.

En eso andábanos cuando finalmente arrancó la mega campaña de vacunación contra la pandemia. Una campaña que carece de una estructura que no sea política sino científica, no tiene metodología ni coordinación propias; de paso, no tiene vacunas suficientes. Esto último pudiera ser minucia: para los mexicanos de la cuarta simulación no es nada nuevo, en un país en que se rifa un avión presidencial sin avión, se construye el futuro con muchachos a los que el futuro les vale madre, se apuesta el porvenir con los combustibles fósiles del siglo pasado, y se siembra vida sin vida.

La cuarta simulación tiene respuesta para casi todo ello. La onda gélida es inevitable y ya pasará; la vacunación comenzó con tropiezos y filas de cuatro horas para los viejitos, pero ya comenzó. Y el apagón en el norte del país, que dejó siete millones de damnificados, se debió a que los hojaldres gringos nos dejaron de entregar gas para las termoeléctricas porque los envidiosos prefirieron darle gas a las suyas, que sí pagan el precio mayor que la mayor demanda impone. Se les olvida que México tiene enormes reservas, despreciadas y mal utilizadas en la cuenca de Burgos, en Tamaulipas.

La tercia de males nos debe dejar dos lecciones. La primera no es responsabilidad exclusiva de la cuarta simulación. La dependencia del extranjero que para energéticos padece México tiene historia. Ojalá que tenga remedio pronto. Lo que es indiscutible es que los tres flagelos nos cogieron como dicen le pasó al Tigre de Santa Julia: de improviso.

Y eso parece ser una característica de nuestro ADN: la incapacidad de prever las cosas. El Covid 19 nos sorprendió sin un esquema para combatir pandemias. Nunca pensamos, como lo hizo el gobierno de Chile, comprar a tiempo las vacunas que iban a ser necesarias. Nunca diseñamos -ni lo hemos hecho ahora- una campaña efectiva de vacunación. Y para colmo, ya se anuncia que la CFE va a programar apagones escalonados para remediar su incapacidad generar energía eléctrica en cantidad que satisfaga la demanda. Si a esto le agregamos el empecinamiento de mantener al frente de la CFE a Manuel Barttlet, es que no tenemos memoria y no tenemos remedio.

SUGERENCIA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, señor presidente: ordénele a su simulacro de partido que retire al violador Félix Salgado Macedonio de la candidatura al virreinato de Guerrero. Le va a hacer bien a usted.