Uno de los grandes peligros que encierra el consumo de mariwanas es, al menos para mí, precisamente lo contrario a lo que el vulgo desde la ignorancia y el prejuicio sostienen. Pasado el golpe físico y neurológico inicial, en mi caso despierta los sentidos, abre la mente, revoluciona la inteligencia, afina la creatividad, serena el trato hacia los demás, apacigua dolencias psicológicas y orgánicas.

Es falso que el Partido en el poder tenga apuro en regular el consumo lúdico porque nos quiere estúpidos para perpetuarse en el poder. Temo desengañar a quienes quieren creer estas patrañas. La mota no sólo nos hará más despiertos en temas políticos, los demagogos corren más peligro con gente relajada y avispada.

Creo que era necesario actualizarnos en el tema de la cannabis, evitar más derramamiento de sangre. Sostengo que históricamente era urgente ponernos al día. La conquista legal de esta yerba vilipendiada llega en realidad muy tarde, nada menos que cien años tarde. El impulso de los usuarios más jóvenes y desinformados va muy acelerado, muchos pasos adelante, expermintando con otras sustancias mil veces más adictivas y tóxicas, infinitamente más idiotizantes.

Recién acabo de hablar con mi díler. Con mirada angustiada me preguntó si continuaría comprándole a él. Le contesté que sí. Su producto, con todo lo inseguro que pueda ser respecto a su calidad, métodos de transporte y procesamiento, me es preferible al mundo comercial perfectamente aséptico pero impersonal. Los porros mercados en el submundo criminalizado nunca me han caído mal. El díler me respondió sin decir nada, sólo puso en mis manos un producto de excelente calidad. Sin no te gusta, te regreso tu dinero, dijo.

Bienvenida la competencia comercial de las mariwanas, Juakin. Pero recuerda, chango, debes ser leal a quien nunca te dejó ni te jugó chueco en los momentos más sanguinarios de la guerra calderonista.