Por Félix Cortés Camarillo.

“Sin tomar aliento estoy

rodeado de calor.

Escucha, tengo que respirar y respirar.

Sin tomar aliento estoy.”

“No puedo respirar, no puedo respirar” fueron las últimas palabras de George Floyd, un negro de Minneapolis, Minnesota, aquella tarde del 25 de mayo del año pasado, mientras un policía blanco, Dereck Chauvin, apretaba con su rodilla el cuello de Floyd mientras otros policías miraban la escena sin reacción evidente alguna. Ayer comenzó el juicio en contra de Chauvin.

“No puedo respirar” fueron las últimas palabras que dijo Victoria Salazar el sábado por la tarde en Tulum, allá en el paraíso de Quintana Roo, mientras una mujer policía le rompía dos vértebras cervicales con la misma técnica que se había usado el año pasado en los Estados Unidos. La misma historia. La mujer llegó muerta al hospital a la que la llevaron en calidad de bulto, tirada en la caja de la camioneta de la policía municipal de Tulum.

Victoria Esperanza Salazar, de 36 años, una madre soltera de dos hijas, que llegó con ellas de su natal Sonsonate, en El Salvador, hace tres años. Allá regresarán sus restos luego de la burocracia inevitable para ver si hay alguien que les dé sepultura.

Tal vez llegó impulsada por el miedo ante la violencia que las maras han convertido en ley en Centroamérica. Tal vez agarró a sus niñas y se las trajo a buscar el doloroso vía crucis que implica buscar el sueño americano más allá de la lejana frontera norte. O no. Tal vez llegaron simplemente empujadas por el hambre. Algo debe haber motivado a la autoridad migratoria para legalizar la presencia de esta mujer y sus hijas dándole el estatus de refugiada, una visa llamada humanitaria.

Sí, puede ser -como dicen los cuatro policías que participaron en su asesinato- que Victoria estaba borracha; puede ser que estuviera armando un escándalo en la vía pública; puede ser que se haya resistido al arresto, aunque cuando fue estrangulada ya estaba sometida y tirada en el piso, al lado de la patrulla.

Nada de eso importa. Lo único que es un argumento rotundo es que Victoria ya no puede respirar. Y que dejó de hacerlo bajo la implacable rodilla vestida de azul. No hay un solo motivo válido para quitarle la vida a un ser humano. Ni siquiera el precepto legal que garantiza al Estado la exclusividad del ejercicio de la violencia.

Pero nos estamos acostumbrando a la violencia; especialmente cuando se ejerce en contra de las mujeres de todo origen, rango de edad, ocupación y afectos. Diez mujeres al día, en promedio, mueren violentamente todos los días en nuestro país. Y el presidente López puede hacer escenificaciones matutinas con la participación del Secretario General de la ONU, afirmando que defiende la vida y los derechos de las mujeres.

La pandemia que nos atribula nos ha dejado como lección, entre otras cosas, el aplastante poder de las cifras.

Aunque en este caso se trate de una mujer que ya no puede respirar.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, señor presidente: presumiblemente, hoy martes 30 presentará usted uno más de sus informes trimestrales de gobierno. ¿Cómo va a explicar el retroceso que sufre nuestro país en todos los ámbitos de la economía: el empleo, el Producto Interno Bruto, la industria petrolera y todas las demás? Un mínimo de diez años de marcha atrás en dos años y medio solamente. Un récord, no cabe duda.

‎felixcortescama@gmail.com