Por Eloy Garza González.

Quien piense que las campañas políticas nada más son foros para formular propuestas está loco de atar. Ni en México ni en ninguna democracia (incluyendo Suiza) las campañas son jardines de rosa y miel. Las guerras de contraste no son la excepción a la norma: son la norma. No defiendo la guerra sucia pero tampoco creo que sean la quijada del burro de Caín, ni conjuros de brujería para espantar arcángeles.

Por ejemplo, no ha existido en EUA ninguna campaña en los últimos 30 años que no incluya spots y propaganda en contra del adversario. En sus spots televisivos, George Bush padre decía que su oponente Bill Clinton había vuelto un muladar al pequeño Estado que gobernaba: Arkansas.

Luego, en su segunda campaña presidencial, Clinton fue acusado por el caso Whitewater que involucraba a Hillary

Clinton, sin que la sangre llegara al río. Se acabo la contienda y se levantó la demanda.

A George W. Bush, hijo, lo acusaron en campaña de malos manejos con su equipo de beisbol Texas Ranger. Barack Obama soportó la especie de que era árabe, no norteamericano y padeció las burlas internas de su oponente demócrata Hillary Clinton de que, en el momento decisivo, no sabría cómo aplanar el botón para activar las ojivas nucleares. Finalmente, a Donald Trump le endilgaron la trama rusa. Y a Joe Biden lo criticaron en la contienda por perder a ratos la memoria y mantenerse a duras penas en pie sin perder el equilibro.

En el México de los años 50, el candidato Miguel Henríquez Guzmán, (inventor por cierto del moderno marketing político y los gingles electorales) denunció guerra sucia de su oponente priista Adolfo Ruiz Cortines por atentados a varios seguidores suyos. La guerra sucia era eso: crímenes contra la integridad física, o la propia vida, no memes, videos ridículos o Instastories burlones.

Cierto: tanta vulgaridad mediática no debería de existir. Pero tampoco nos rasguemos las vestiduras, ni digamos que vivimos en una tribu de caníbales porque alguien dijo de fulano de tal que era un tal por cual. Además, el que se lleva se aguanta, dice la Biblia en no sé cuál versículo.

Ahora bien, cuando la imagen de un gobernante o un candidato se desgasta, recurre a los gestos heroicos. Por ejemplo, un gesto heroico es denunciar a su oponente como bandido. Entonces es previsible que el oponente se enoje y le conteste con otra acusación del mismo o mayor calibre. Entramos así a una espiral de dimes y diretes. ¿Se pudre la democracia con esta pirotecnia verbal? No. La democracia en EUA ahí sigue, monda y lironda, y los procesos comiciales se dan en relativa calma: son cronológicamente tan precisos como las estaciones del año. En México ocurre la misma cosa.

Desde luego, con las redes sociales el desgaste de un candidato se da más rápidamente. Las campañas suceden en tiempo real, en streaming como dicen los pedantes. Algunos candidatos serían capaces de meter micrófonos en la regadera para no perder tiempo de soltar discursos ni levantar el brazo viendo al horizonte con el estropajo enjabonado entre los dedos.

Dado que están más expuestos al desgaste, los candidatos recurren más frecuentemente al escándalo, a los excesos verbales y a los spots amarillistas. Con una salvedad: si un candidato dice que el otro es un forajido de siete suelas, el otro le contestará lo mismo, y ni uno ni otro estará desatando la guerra sucia porque sus acusaciones las hacen directo y de frente. Eso marca toda la diferencia.

Así que no nos persignemos cuando escuchemos el término guerra sucia ni pongamos ristras de ajos en las puertas para que no se meta el diablo disfrazado de candidato electoral.

Las campañas suelen ser agresivas; son rituales de gritos y sombrerazos. Ni modo. Ya después del seis de junio, como siempre pasa, los contendientes harán las paces y cada quien se irá para su casa… o para el Palacio de Cantera donde el afortunado hará el bien sin mirar a quien y todos viviremos felices, gozosos y campantes los próximos seis años. ¿O no?