Por Carlos Chavarría.

“Los gobiernos tienen la tendencia no a resolver los problemas, solo a acomodarlos de otra manera.”

Ronald Reagan

Las campañas electorales, en esencia son un proceso de venta de buenas intenciones, administradas de acuerdo a la dinámica de la agenda pública de todos los días. Es de esa manera porque se trata literalmente de motivar preferencias de consumo acerca del futuro cuando nadie puede tener control y conocimiento de la vida de cada persona como para diseñar un producto electoral a la medida de cada quién.

Las contra-campañas son todos los intentos y acciones de los candidatos por desacreditar la oferta de los demás en la contienda. La “guerra sucia” son todos los métodos usados por los contendientes para crear la certeza decepcionante en los electores, de que una persona no sirve para tal o cual puesto.

Ahora con esta horneada de candidatos de las nuevas generaciones no existe pacto de civilidad política que importe. Vivimos la época de la inmediatez caprichosa que sabe destruir, pero no crear.

Esos jóvenes candidatos fueron educados bajo el estándar de que los valores morales y pensar en el largo plazo, son estorbos y no fundamentos de la sociedad, de ahí que sus discursos contienen solo los mismos lugares comunes que aparecen diario en todos los periódicos y noticieros, dejando entonces al escándalo y el descontón como único factor diferenciador entre ellos.

Siempre hemos sabido que mientras tenga tan bien ganada mala fama el trabajar para la política y el gobierno; contrario al sentido común, dada la importancia del asunto; las mejores personas, las más preparadas, no serán atraídas al servicio público so pena de desacreditarse, así que como bien dijo alguna vez don Eduardo Elizondo: “…yo contrato seres humanos y no santos”, en respuesta a cuestionamientos de la prensa frente a desatinos cometidos por alguno(s) bajo su mando.

Si mal no recuerdo fue don Alfonso Martínez Domínguez el que dijo: “podré equivocarme cuando los contrato, pero nunca cuando los despido”, en referencia a la ineptitud de los funcionarios. El problema se complica tratándose de los que son electos, ahí la sociedad es la que sufrirá las consecuencias, porque en términos prácticos, es imposible despedirlos.

Vaya que resulta novedoso que un político en campaña o en funciones mienta, seríamos muy bobos si nos guiamos para elegir, por lo que dice un candidato o político, pues todo serán buenas intenciones, las mismas de todos los días.

Regalar todo el dinero que se requiera para granjearse a los ilusos, llevar el metro hasta la luna, acabar con el crimen y la violencia, inventar cuanto proyecto de infraestructura les pidan, reducir los gastos y terminar con la corrupción. Así están todos por igual.

Ahora que todos tienen dotes histriónicas dignas de la escuela de los Soler, faltará preguntarnos si en realidad alguno tiene el empaque de aptitudes para el tamaño de los problemas que nos aquejan. ¿Usted le confiaría sus hijos, su salud, su patrimonio, su seguridad, a alguno de ellos?

Para muchos de los problemas de nuestro estado ya no hay margen de maniobra para patear el bote más adelante, como lo hicieron con especial énfasis las dos últimas administraciones.

Así que olvidemos los pecados veniales de los candidatos y concentrémonos en su capacidad para convertirse en líderes de la comunidad de la comunidad de la más alta integridad y eficacia para lo que nos espera en el horizonte.