Por Félix Cortés Camarillo.

“Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo,

les soltó a Barrabás y entregó a Jesús

después de azotarle, para que fuese crucificado.”

San Marcos, Capítulo 15, 15

Hace un año los mexicanos entramos en un período gradualmente lento de angustia, cuando nos dimos cuenta del torpe, irresponsable y cínico manejo del Covid19. Nos empezamos a dar cuenta de que una epidemia de lejanos orígenes y desarrollo, se estaba convirtiendo en un mal de todos nosotros. De pronto ya los muertos no eran chinos, italianos o ingleses. De pronto se murió un mexicano de los que podían haber ido lejanos sitios de negocio o descanso. De pronto se comenzaron a morir personas que conocimos o que, finalmente, eran parte de nuestra familia cercana.

Hace unos siete meses conocimos la profunda preocupación de una economía erosionada que inevitablemente se venía abajo porque, recordando a la más célebre frase de García Lorca en Bodas de Sangre: “cierren puertas y ventanas”. Ante el mal, la cerrazón.

Durante todo este tiempo, hemos visto como se apodera de nosotros el miedo chiquito, ese que surge de la acumulación de los miedos grandes. El avión presidencial que existe-no existe, se rifa-no se rifa, de vende-no se vende. Desaparecen el Seguro Popular y las guarderías infantiles subrogadas, que aliviaban la vida a miles de madres solteras y a la par documentaban la ineficacia del gobierno para dar asistencia. El gobierno de ayer, el de antier, el de antes de antier y el de hoy.

Y las angustias, las preocupaciones y los miedos se fueron acumulando, dejando tras la cortina de humo el verdadero interés del presidente López: el desmantelamiento del orden institucional.

El más vociferante de los arietes ideológicos del presidente López es Mario Delgado, el dirigente de su simulacro de partido que no pasa de movimiento.

Se supone que, al día de hoy hace poco menos de dos mil años, Jesús llevado ante Poncio Pilato, un oscuro burócrata de la Roma que ese tiempo ocupaba Judea, y de la que Poncio era meramente un prefecto. La tradición judía establecía que en la fiesta de hoy se liberase a un preso. Poncio sometió a “consulta popular” si el liberado debiera ser Jesús o Barrabás, un violento infractor. El pueblo decidió que se crucificara a Jesús.

Volviendo a la suma de temores, un barbaján del tamaño de Barrabás exige hoy, en nombre de los fariseos y los escribas y los príncipes de los sacerdotes, exige -como líder de la pandilla presidencial- que el Instituto Nacional Electoral se rehaga al modo de su jefe o sufra simplemente matarlo. Se llama Mario Delgado. Sus palabras son sobre el INE “renovarlo o exterminarlo”. Como si fuesen una plaga.

El señor Delgado tiene bajo el sobaco de su jefe, las mayorías en el Congreso para hacer valer las instrucciones del presidente López. Ahí es donde los mexicanos tenemos que darnos cuenta de que la Suprema Corte y otras instancias, asumirán el papel de Pilatos. Se lavarán las manos. O sufrirán el destino de Jesús.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: señor presidente, con todo respeto, tiene usted toda la razón: hay que defender a la directora de Notimex, que maltrata y manipula a sus empleados. Todos los medios que no hagan reverencia a su sabiduría, están vendidos al gran capital, local y mundial. ¿Cuál es su objetivo principal: el INE o los medios que no le alaban?

‎felixcortescama@gmail.com