Por Carlos Chavarría.

“La mejor forma de predecir el futuro es creándolo”

Peter F. Drucker.

Romper con el pasado es la tentación más pronta e inútil en la que caen los nuevos líderes cuando arriban al poder público y no encuentran alguna vía para consolidarse con rapidez y poco esfuerzo.

Las rupturas políticas sin pactos entre todos los actores y centros de poder nunca fructifican en mejoras reales del estado de las cosas y casi siempre son saltos al vació o regresiones.

Trump, Putin, Sánchez y Casado en España, Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, los Kirchner en Argentina, y muchos más, llegaron al poder blandiendo la espada del cambio integral y todo su discurso se dirige en planteamientos hasta irreverentes para tratar de demostrar que todo está mal, pero ellos salvarían la situación cambiando el estado de las cosas.

Por supuesto que todo nuevo gobierno quisiera ser recordado por su elevada efectividad para mejorar la condición general de vida y las oportunidades de todos sus gobernados, pero lo hacen sobre los cimientos, buenos y malos, del pasado que los precedió.

También es cierto que todos los seres humanos guardamos vivencias del pasado que miradas retrospectivamente parecieran mejor que el presente, así que si nos ofrecen un discurso de ruptura sin innovación siempre significará regresión hacia algún momento evocador.

Si se trata de romper con males tan claros como lo fueron la esclavitud, el imperialismo monárquico en todas sus formas colonialistas, o los radicalismos destructivos y deformantes como el estalinismo de la vieja URSS y el fascismo alemán, los pasos tarde o temprano se darían. En eso la historia ha sido implacable.

Del mismo modo, cuando se debe romper con viejas malas prácticas en el ejercicio del poder que a todas luces han minado nuestro desarrollo en cualquier sentido, por axiomático, resulta muy atractivo para las masas y se convierte en el lugar más común de toda oferta política. Acabar con la corrupción, la pobreza, la deuda, bajar los precios, etc.

Un ejemplo muy concreto. Trump se especializó como rupturista ofreciendo “hacer grandiosa a América de nuevo”. Apeló a un grupo importante de la sociedad norteamericana que evoca aquellos momentos recién terminada la Segunda Guerra Mundial cuando “Who has the gold, makes the rules”.

Su estrategia, pelearse con todos, dividir en buenos y malos, contar éxitos inexistentes desde su primer día, mentir en el diagnóstico y sentido de sus avances, y todo lo que pudiera significar ganar tiempo para consolidar “su movimiento” como llamaba a su gestión. Resultado: perder el tiempo.

En los tiempos recientes de México, aunque fue Zedillo el que creó las condiciones para una transición sin PRI, Fox fue el primer presidente que puso de moda el discurso rupturista vacío y a pesar de la experiencia de 21 años todavía no aprendemos a reconocer cuando no existe fondo real posible en lo que nos ofrecen los políticos desde sus campañas.

En Nuevo León, Jaime Rodríguez y su equipo lograron desacreditar a los partidos políticos con un discurso de ruptura y lleno de ofertas reivindicatorias que resultaron en una administración gris que hasta demostró que la figura de candidatos independientes no garantiza nada, excepto perder tiempo y oportunidades.

La nueva horneada de candidatos de nuevas generaciones, la de los jóvenes y otros no tanto, están de lleno metidos en la corriente del discurso rupturista sin sentido. Sabiendo que padecemos de una enorme ingenuidad y aprovechando los impulsos beligerantes del nuevo oficialismo, arman sus ofertas electorales al mismo estilo del presidente, con el maquillaje obligado de Tigre de Santa Julia que defenderá a sus estados y municipios del ogro federal.

La verdad es que acabar con el presidencialismo y la verticalidad del poder en los tres niveles de gobierno es la ruptura indispensable que debemos dar, antes de que la crisis económica y social que está en plena marcha venga como “anillo al dedo” para justificar la regresión completa que tantos intelectuales de izquierda desean para consolidar el totalitarismo estatal y el consecuente sometimiento de la ciudadanía.