Por Félix Cortés Camarillo.

Por fortuna no hemos necesitado de ellos, pero el miércoles pasado mi mujer y yo fuimos a la clínica más cercana del bendito Instituto Mexicano del Seguro Social a reconfirmar nuestros derechos por razones de cambio de domicilio. Mi familia y yo tenemos una enorme deuda con ese abrumado, vilipendiado, descuidado, escaso de recursos, Seguro Social. Uno no sabe de los seguros hasta que los necesita y no los tiene. El IMSS es algo de eso.

Nos atendieron con amabilidad de las que ya no se usan. En una de las etapas, una doctora que sólo sé que se llama Teresita, le comentó a Bertha que todavía no recibe la vacuna en contra del coronavirus. Es una mujer muy joven.

Si mi mujer y yo hubiésemos sido portadores del virus que trae de cabeza al mundo, el miércoles pudimos haber contagiado a Teresita por la cercanía física que tuvimos -ella nos tomó la presión arterial, nos pesó, midió nuestra altura y la circunferencia del abdómen y tomó mediante pinchazo una muestra de nuestra sangre- de la misma manera en que todos los que pasaron por su consultorio ese día y los de antes y después, diariamente, y pudieron estar infectados, eran mensajeros de la muerte.

Teresita no se quejó por no haber recibido la vacuna, que en su caso es indispensable. De otra manera, según la lógica del presidente López en su mañanera, se hubiera ido a las calles a manifestarse en su contra por ese hecho. Solamente así la demanda de treinta mil médicos que no están directamente (dicen en la primera línea) tratando moribundos de Covid 19, sería una manifestación que el presidente López pudiere considerar como legítima. Una, dos, tres por mí, hay que gritar. Y por todos los que me siguen.

Son treinta mil médicos que están en el sector privado, o como vimos, en el mismo IMSS, pero hay tres veces esa cantidad de servidores de la salud que Andrés Manuel desprecia expresamente y discrimina en la práctica. Esto es enfermer@s, ayudantes, personal de limpieza, etc.

Si usted está leyendo, el dentista que ve -o, mejor dicho, el que a una distancia mínima mira su boca- probablemente no ha recibido la vacuna. Y está en peligro. Como muchos otros servidores de la salud. Ofendiéndolos directamente, el presidente López les atribuyó el dicho de “sálvese el que pueda, a mí no me importan los demás”. En palabras más afines a su parla: “que se esperen”. Que se esperen a morir.

Los mexicanos debemos empezar a preocuparnos por la salud mental de nuestro presidente, electo por una mayoría mínima. Si yo perteneciese al sector salud de nuestro país le mandaría de inmediato a que verifiquen los especialistas su sintomatología indiscutible de paranoia.

Pero hay más padecimientos. Ya les contaré.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, señor presidente: a diferencia de usted, yo no tengo ningún respeto ni afecto por los narcotraficantes, ni por otros seres que violan la ley: ayer, un juez de Brooklyn -eso está en Nueva York- decretó la expropiación de cinco bienes inmuebles del narcotraficante Rafael Caro Quintero. Sucede que esas propiedades, escrituradas a nombre de sus hijos -de él, claro- están en el estado de Jalisco. Según usted, ¿eso se vale?

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