Por Eloy Garza González.

Ayer hablé con un colaborador cercano de Fernando Larrazábal. Me quiso convencer de que la campaña de su candidato a gobernador está mejor diseñada que la de sus opositores. “Tenemos las mejores propuestas, las firmamos ante notario y ejecutamos al pie de la letra un plan maestro”. Yo le recordé aquella célebre anécdota de un gran cirujano francés. Cuando los familiares de un paciente le preguntaban por su estado de salud después de una intervención quirúrgica, el connotado galeno les respondió: “la operación fue un éxito rotundo, pero su paciente se murió”.

Así Larrazábal: su campaña será todo el éxito que se quiera, pero pinta que perderá. Además, a Fernando le pasa lo mismo que a un colaborador cercano de otro contendiente (en este caso, de una candidata). Este colaborador se jacta de tener en la bolsa a todos los periodistas, y de que nadie le pega a él, porque tiene bien amarrada a la prensa, ya que es el mejor cabildeador de su propia imagen. Y yo le respondo: “nadie te pega, compadre, porque no cuentas”. Al que no figura, nadie lo toma en cuenta. Esa es la mejor vacuna pero también es la peor señal.

Vuelvo a mi charla con el colaborador / defensor de Larrazábal. Me acusa de estar yo sugestionado con la mala influencia de las encuestas, donde Larrazábal no ha subido nunca del cuarto lugar. El colaborador de Larrazábal me asegura que la mejor encuesta (además de la del 6 de junio, porque bla bla bla), son los cientos de simpatizantes que día con día le estrechan la mano a su candidato panista, o le manifiestan su apoyo verbal.

Y yo le respondo al iluso colaborador de Larrazábal con otra anécdota: en 1936 el gobernador de Arkansas, Alfred Landon, contendió por el Partido Republicano en la elección presidencial contra el demócrata Franklin D. Roosevelt.

Una popular revista de entonces, “Literary Digest”, levantó una peculiar encuesta de opinión por correo con 2.5 millones de personas (una cuarta parte del electorado). Las respuestas por correo en el Digest formaban enormes cerros de papel, pero la revista prometió comprobar, verificar, cotejar y contabilizar todas las cartas, una por una. ¿Conclusión para Literary Digest? Landon ganaría la presidencia con casi 60% de los votos frente a su rival Roosevelt que perdería con el 40%.

Los resultados finales de la elección fueron opuestos. Roosevelt arrolló a Landon con 62% de los votos. Y para acabarla de amolar, el pionero en sondeos de opinión George Gallup, levantando escasas 3 mil encuestas predijo el resultado final: 62% en favor de Roosevelt.

Larrazábal debería entender que a diferencia de la película Jurassic Park, el tamaño no lo es todo. Predecir con acierto si ganarás una elección depende de que tus instrumentos de medición se basen en muestras de electores que sí votan, con su credencial de elector en la mano. O sea, se trata de dar tiros de precisión, no escopetazos.

Suponer que Larrazábal ganará porque estrechó la mano de miles de nuevoleoneses es suponer que la tierra es plana. Las estadísticas tienen sus códigos y sus reglas. En otras palabras, si Larrazábal quisiera evitar que sus posibilidades de llegar al Palacio de Cantera se vuelvan cada vez más remotas, debería operar a la brevedad dos cosas:

1. Cambiar su estrategia de campaña que por buena que sea no ha resultado eficaz y por lo visto ya no le jalará.

Y 2.- decirle a ese colaborador de su campaña que habló conmigo que para la próxima formule mejor sus argumentos de defensa o se vaya mejor a pegar calcomanías a los carros, donde le será de más utilidad al frustrado candidato del PAN.