Por Carlos Chavarría

Llegamos a la mitad de una nueva administración federal y el fin de una estatal. La primera se mantiene vigente, gracias a la repetición de un discurso sostenido por el odio incitado desde la presidencia. Al respecto de la estatal, aquella que se decía  “independiente”, y también que proclamó que “se les acabo la fiesta de la corrupción”, se fue sin pena ni gloria, y toda la parafernalia electorera quedo en nada.

Desde el momento de la imposición de la “sana distancia” del poder ejecutivo, con el antes partidazo y hasta la actualidad, ante el enorme fracaso observable de cada nueva administración, hemos votado siempre bajo el mismo principio: votamos por el candidato que despliegue el discurso más estridente contra la administración saliente, y que parezca muy disruptivo con el estado de cosas imperante en el corto plazo.

Llegamos a las urnas con la rabia dirigiendo nuestra pluma y pensamos poco en el fondo y causas reales de nuestros problemas, así llevamos 21 años de sufrir una transición democrática que no acaba de cuajar, y volvemos en cada nueva ocasión a ser presa del mismo engaño: diferentes personajes y marcas pero engañados al fin.

En todas las órbitas de poder, públicas y privadas, no parece haber nadie interesado en enseñarnos, así como párvulos que somos en política, los mecanismos mínimos de análisis para procesar la abundante información: para evitar los sesgos, falacias y subjetividades involucradas en lo que nos afecta a todos, y entonces sí hacer a un lado los sentimientos en los procesos electorales.

Este sí que es un verdadero complot organizado con espontaneidad por todos los sectores –valga la contradicción- en el que caen hasta los dirigentes de los propios partidos políticos, que no aciertan a entender que no son sólo un aparato electoral más, sino el único medio para que lleguen las mejores personas al poder.

Siempre nos engañan con los mismos espejitos, pongamos como ejemplo el tema de la corrupción. El primer presidente civil que usó a la corrupción como eje central de su campaña y posterior mandato fue Ruíz Cortines, y así se fueron las siguientes administraciones explotando la misma veta.

Aún resuena el apasionado lema de Miguel de la Madrid: “…por la renovación moral de la sociedad!”. Y nos la creímos, a pesar de que nadie ha tocado ni hecho nada para cambiar ni un ápice todo el entramado de malas prácticas y regulaciones, a modo de que todo siga igual.

“El lenguaje en política esta diseñado para conseguir presentar a las mentiras como verdades y hasta al asesinato como algo respetable”.

George Orwell.