Por Francisco Tijerina Elguezabal.

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“Cuando llueve comparto mi paraguas, si no tengo paraguas, comparto la lluvia”
Enrique Ernesto Febbraro

Siempre es igual, en cada temporada de lluvias la zona metropolitana de Monterrey se vuelve un caos con inundaciones, encharcamientos, autos arrastrados por las corrientes, personas desaparecidas, hogares invadidos por el agua o el drenaje, cortes de energía, semáforos sin funcionar, apagones…

Y tras las aguas las labores de búsqueda de personas, las costosas reconstrucciones, familias que pierden su patrimonio, los pavimentos destrozados, semanas sin poder reconectar la luz; y como siempre las mismas culpas: la gente que sigue tirando basura en donde quiera (lo cual es cierto), y la falta de un sistema capaz de conducir las aguas de manera eficiente.

Con las lluvias surgen los mismos gritos, quejas y exigencias de resolver el antiquísimo problema del drenaje profundo de la zona metropolitana de Monterrey, y todos, desde que tengo memoria, han dicho que sí, pero nunca han dicho cuándo.

Cada ocasión que las precipitaciones llegan se inundan las mismas zonas de hace años y pareciera que no aprendemos la lección. ¿Por qué toda la vida el Arroyo del Topo Chico se llena a la altura de Hogares Ferrocarrileros? ¿No hay alguna solución?

Es de risa loca el que se nos inunde Constitución a la altura de Padre Mier, debajo del puente elevado (que tiene años sin funcionar por cierto) de Morelos, estando a menos de diez metros el Río Santa Catarina, ¿de verdad no hay manera de desaguar hacía el río?

Y si revisas te das cuenta que la mayoría de los incidentes en los que vehículos son arrastrados por las crecidas aguas de ríos y arroyos, se dan en los mismos puntos ya detectados de siempre, ¿qué de verdad no toman nota?

Si ya sabemos cuándo es la temporada de lluvias y ya conocemos los problemas, no basta con hacer limpieza de drenajes y alcantarillas tras la primera lluvia y luego dejar las cosas iguales.

Cuando se da la pérdida de vidas saltan a la palestra diputados y opinadores, políticos y dirigentes de partidos, diputados y hasta el arzobispo, pero como después se viene el Clásico del futbol o sucede cualquier otra cosa, se les olvida y vuelta a empezar de nuevo.

Con cada lluvia un caos y tras ella puros gritos y sombrerazos. Nos dedicamos a tentar a la suerte amparados en el clásico “a mí no me va a tocar”… hasta que nos toque.