Por Carlos Chavarría

Como aún se ignoran muchas cuestiones acerca del COVID, los científicos están trabajando a marchas forzadas, para cubrir esas zonas obscuras del conocimiento, y así lograr un método confiable para dominar la pandemia y recuperar algún tipo de normalidad posible.

El criterio inicial para enfrentar la enfermedad consistió en administrar los contagios a través de la imposición de restricciones a la movilidad, ganando tiempo hasta lograr la tan anhelada “inmunidad de rebaño”, ese estado de cosas donde ya todos disponemos de anticuerpos al dejar trabajar a nuestro sistema inmunológico, que recibiría cargas virales que pudiéramos manejar, sin morir en el intento.

Nuestra indisciplina grupal ha contribuido en mucho a obstaculizar el proceso planeado y cada vez se aleja más el punto donde podamos estar tranquilos.

En algunos casos hasta en franca y anárquica rebeldía, algunos líderes y segmentos de las sociedades del mundo se oponen a todo y a nada: desde medidas tan simples como el uso de cubrebocas, o bozal, como lo llamo Bartlett, pasando por las medidas de restricción de la movilidad y hasta cuestionando la vacunación en sí.

Vivimos una época donde toda medida de autoridad se asume a priori como un atentado a la libertad y los derechos humanos. Nada importa ya la función tutelar del estado y los gobiernos electoreros actúan con una tibieza asombrosa ante los constantes ataques de diversas minorías que se alzan ante cualquier medida que pretende mitigar los efectos nefastos derivados de la pandemia.

Nada menos que en Francia, donde el grito libertario es marca histórica de país, están ocurriendo manifestaciones violentas de protesta ante las restricciones de acceso que se imponen a quienes no tengan su “pasaporte de vacunación COVID”. Medida implementada ante la sordera de la gente por los riesgos colectivos que causan a la  sociedad entera, los que tercamente insisten en confundir la salud de todos, con la libertad de los irredentos ante el bien colectivo.

Las argumentaciones de los “anti-todo” están sostenidas en supercherías pseudo científicas, animismos contrarios a todo análisis teológico serio, así como conspiraciones paranoides y limítrofes de la conducta, que entrañan un enorme desprecio por lo colectivo.

La mejor oportunidad que tuvimos desde el principio de esta tormenta de salud pública, fue escuchar a la ciencia y lo que de ella se desprende como aprendizaje colectivo, y alejarnos de lideres emergentes de todo tipo, que son los que en realidad son la causa del alargamiento de esta lamentable etapa de la humanidad.

“Triste y lamentable retroceso oscurantista vivimos al creer en la existencia de un Supremo, Creador de Todo, que ama a unos mientras odia a otros”.