Por Félix Cortés Camarillo

Grosso modo, como dicen los eruditos, la Edad Media comprende del año 500, que marca la caída del imperio romano de Occidente, al año 1500 en que colapsa el imperio otomano de Bizancio. Ahí se inicia en Europa la gloriosa época del Renacimiento, en el cinquecento, cuando la Humanidad comenzó a voltear los ojos simultáneamente hacia el pasado de los valores griegos, y al futuro que representaban sin saberlo la invención de la imprenta y el descubrimiento simultáneo de América en la geografía, y de la perspectiva y el egocentrismo en la pintura, entre otras muchas contribuciones de esa época.

En geopolítica, el Medioevo se significa por el surgimiento de los estados feudales; para nosotros los feudos son unas haciendas europeas a lo bestia, antecedente de los estados-nación, que nacen precisamente de la conquista de territorios vecinos por el vecino mayor y más fuerte. Como suele dirimirse esas diferencias, se hacía por medio de la guerra.

Y ahí surge la heráldica: dígalo con símbolos.

Antes de que cada casa feudal se inventara su ostentoso escudo de armas, había establecido la más plebeya costumbre de los uniformes y los blasones. Los uniformes, simples casacas de un solo color, permitían a los guerreros de la leva saber que no estaban matando a un compañero o familiar. Los estandartes permitían a los soldados hacia dónde dirigirse, en qué sitio concentrarse o pa´donde correr en caso necesario. Por ello, tomar al portaestandarte era una conquista bélica de importancia.

Hasta aquí la Edad Media, que no dejó de seguir presente en nuestras vidas.

Plantar un estandarte en tierra conquistada siguió siendo expresión de dominio desde el desembarco de Cortés en la Hispaniola hasta la llegada del hombre a la Luna.

Todo esto –dígalo con símbolos– quería decir lealtad, obediencia. En esencia, pertenencia. Yo soy de aquí, no soy de allá.

Todo eso evolucionó a los uniformes militares de nuestro tiempo; también, a las camisas pardas, los cascos azules, las camisas rojas, o el estandarte arco iris de los LGBTTIXYZ de nuestro tiempo.

Hoy hay un escándalo patriotero porque las integrantes del equipo mexicano de softbol en los malhadados juegos de Tokio, abandonaron sus uniformes, no se sabe si en el cuarto donde se hospedaban o en el tacho de la basura, en lugar de habérselos llevado a su casa y enmarcarlos para colgar en la sala. ¡Traición a la Patria! ¡Que les corten la cabeza!

Yo como mexicano no dejo de preguntarme ¿cuándo vamos a dejar de construir nuestra identidad colectiva a base de paparruchadas? Como decía Jack el Destripador: vamos por partes.

El equipo que representó a México en Tokio para estos juegos, fue reclutado de aquel lado de la raya, en California, porque el deporte ese del béisbol de damas no tiene arraigo en nuestro país. Las muchachas que fueron disfrazadas de mexicanas son –en su mayoría– descendientes de migrantes mexicanos de antaño y tiene apellidos que nos suenan familiares. Pero hasta ahí. En mi pueblo les llamamos, con todo respeto, pochas. Pueden tener la ciudadanía doble y pueden hablar español de algún nivel, pero ellas son convencidas norteamerigringas que por alguna razón aceptaron representar a México en Tokio. Y eso se debe agradecer.

Ahora, los patrioteros enamorados del uniforme piden sanciones en contra de las muchachas. ¿Saben ustedes por qué? Porque no calificaron a las finales. Si hubieran avanzado en la competición y hubieron acabado mordiendo medallas hechas dizque de computadoras recicladas, yo juro que hasta aparecerían en la mañanera a su regreso. Porque el rendimiento de los de pantalón largo va a llevar a muy pocos deportistas a Palacio Nacional y al bono de medio millón de panchólares que prometió el preciso. Y necesitan, a la manera del sexenio, desviar la atención.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapaboca): con todo respeto, señor presidente: ¿me puedo inscribir en la banda del narcotráfico no violento como voluntario? Es que, acuerdo a lo que dijo usted ayer, si me agarran, me van a dejar libre –y reciclable– por mi edad.

Es pregunta. Ya entendí lo de abrazos no balazos.

‎felixcortescama@gmail.com