Por José Francisco Villarreal

Con aquello de los enroques estatuarios en la Ciudad de México, no pude evitar recordar la sentida y tierna versión de Miguelito Valdés sobre un clásico de la música náutica: “Los Hermanos Pinzón”. Una picardía muy ingenua, pero que ya mostraba el respeto reverencial que los americanos tenemos por el ilustre don Cristóbal Colón que, gracias al outsourcing para España (o lo que fuera en el siglo XV), regresó a Europa con la novedad de que había “descubierto” unas tierritas para las coronas de Castilla y/o Aragón. Imagino que las civilizaciones establecidas y florecientes en América pusieron cara de “what” al verse metidas de pronto en un proceso de globalización que nunca solicitaron. Lo único que sí descubrió Colón fue parte de la ruta que buscaba hacia la India, pero con un inesperado obstáculo: ¡un continente! Si los filipinos hubiesen sabido lo que les esperaba después, habrían emigrado en masa al Tibet.

No sé en qué momento de la historia se popularizó petrificar a personajes, pero el presente da fe de que lo más valioso de esa pretendida eternidad se queda como objeto de estudio para los arqueólogos y alguna que otra rama de la Antropología. Para el vulgo al que me precio pertenecer, son sólo objetos de museo para tomase la selfie

Volviendo a don Cristóbal, a mí ya me extrañaba que su estatua en el Paseo de la Reforma se hubiera salvado de la demolición sistemática que ya ha sucedido en otros países. Entiendo ese rechazo. Colón no fue una perita en dulce en vida, y ya difunto sirvió como referencia para hacer parecer gloriosa la invasión, masacre, desculturización, sojuzgamiento de los pueblos originarios que, por cierto, no invitaron ni a España, ni a Portugal, ni a Inglaterra, ni a Francia, ni a Holanda. Además, aun cuando encontraron civilizaciones avanzadas en algunos aspectos más que las europeas, no llegaron como diplomáticos a establecer relaciones sino como ladrones. Y todavía peor: impusieron una religión y no notaron que la religión no era un factor de cohesión, porque la religión de cada cultura mesoamericana tenía muchos puntos de contacto, pero no favorecieron la unidad social. Los europeos no aprendieron la lección… o se hicieron güeyes.

Con todo y estas reservas históricas contra la colonización (invasión) europea en América, el gobierno de la Ciudad de México ha sido bastante piadoso con don Cristóbal: lo cambia, no lo pulveriza. En lugar de un símbolo antropocentrista, religioso, injerencista, intolerante, pondrá una estatua que represente a la mujer indígena (de las Indias, no de la India). Tal vez hubiera sido mejor, por contraste, una estatua que representara a los indios y a las indias, pero en tiempos donde lo no binario trata de corregir la plana genérica, mejor no meterse en camisa de once varas. Además, hasta el más moderno cromagnon comprende que aunque la corrección académica implique a ambos géneros en el masculino, un vientre femenino lo hace, e incluye además todos los géneros imaginados (e imaginarios) sin gramáticas, ni aspavientos, ni lloriqueos, ni berrinches mediáticos.

Hay que destacar que ha sido una medida muy astuta. El desplazamiento de Colón se tendría que dar algún día, tal como galopó la estatua de don Pepe López hacia el olvido en Nuevo León. En un monumento personal, las raíces se pudren irremediablemente. Hay que elegir bien antes de levantar una estatua. Bastante favor se le hizo a don Cristóbal al trasplantarlo a otro macetero. Pero además, hacerlo en este momento es muy conveniente (la palabra clave para un estadista), porque dentro de un mes se ¿celebra? el “descubrimiento” de América. Si no hace mucho, las marchas y manifestaciones ya le dieron su desconocida al Almirante, ahora que Vox se apersona, esta vez sí invitado por aborígenes, quién sabe qué repintada tendría que soportar el mercenario genovés. Capaz y acaba desnarigado como la Esfinge.

En resumidas cuentas, si las nostalgias ibéricas de algunos quieren honrar a don Cristóbal, siempre podrán ir a ponerle flores a su flamante macetero. Los cristobalitos locales también tienen opciones, una de ellas organizar una conmovedora ceremonia en la avenida Colón. Si lo hacen en horas pico les garantizo un nutrido público, impaciente pero cautivo.

Por mi parte, el 12 de octubre, si vivo en esa fecha, estaré celebrando el día de la raza, en el sentido local y caguamero de la palabra. Además recordando a mi querida Rosaura Barahona, a quien le quedé a deber un poema y unos tequilas. Y para quien no recuerde aquel himno náutico que, insisto, me gusta más con Miguelito Valdés, aquí algunos versos de este sabroso chachachá en homenaje a don Colón y sus cristobalitos:

“Los hermanos Pinzón eran unos mari… neros
Que se fueron con Colón que era un viejo… bucanero.
Y se fueron a Calcuta a buscar algunas p…layas.
Y los indios motilones les cortaron… la retirada.
(…)
Y aquellos indios sembraban frutas
Para los hijos de… España.”

¡Tan tan!

PD: Este 10 de septiembre es el Día Mundial de la Prevención de Suicidio. Felicidades a los promotores. Son muy buenos. En lo que a mí respecta han tenido mucho éxito con muy endebles argumentos. A estas alturas de la crisis epidémica, social, económica, política…, deberían de institucionalizarse en brigadas permanentes. De veras, urge.