Por Félix Cortés Camarillo

Abril es el mes más cruel, criando

lilas de la tierra muerta, mezclando

memoria y deseo, removiendo

turbias raíces con lluvia de primavera.

T.S. Elliot, The Waste Land, 1922

Dice un poeta en un largo texto de 434 versos llamado La Tierra Baldía, que abril es el mes más cruel. Tiene cierta lógica.

Thomas Stearns Elliot fue un británico nacido en el noreste de los Estados Unidos y, como tal, acostumbrado a los inviernos largos que arropan con la nieve la tierra mientras los humanos nos alimentamos con tubérculos. Los que hemos vivido inviernos largos con nieves acumuladas, sabemos que los deshielos de abril, de color marrón y cielos cubiertos, poco hacen justicia a la primavera que habría entrado semanas antes. Entendemos entonces la frustración del bardo.

Yo, con mi memoria escasa, recuerdo mayor crueldad en septiembre. Mañana se cumplen 20 años de que comenzó la tercera guerra mundial. Dos aviones, secuestrados por terroristas talibanes la mañana del once de septiembre de fueron a estrellarse en contra del edificio paradigmático de la capital del imperio norteamericano, las Torres Gemelas de Nueva York. El 11 de septiembre. Desde entonces identificamos el evento como el 9/11. Veinte años después el talibán se queda con Afganistán.    

Desde luego, es un cambio de óptica. Sin embargo, no puedo eludir la coincidencia de que en ese preciso mes nuestra amada capital del país haya sido sacudida por sismos malignos.

Donde yo orgullosamente estudié mi universidad me enseñaron que la casualidad no existe: todo lo que sucede es consecuencia de una causa. No obstante, a diferencia de las lluvias que inundaron Hidalgo, los sismos destructores de los últimos tiempos en la Gran Tenochtitlan que ahora le quieren cambiar de nombre no son predecibles y se dieron siempre en septiembre. Casi exactamente a la fecha exacta de aniversario.

También era septiembre cuando se inundó Tula. Si las aguas del río Tula se metieron a un hospital de zona del IMSS donde había pacientes entubados por el Covid 19, y alguien imbécilmente desconectó la energía eléctrica por decisión propia u orden superior, condenando así a 17 seres humanos a la muerte, eso no se le puede atribuir a Dios, ni a septiembre, ni al mes de abril. Diga lo que diga Elliot. Hay un pendejo responsable de tal crimen. O más de uno. Y las autoridades no pueden esconder, como dicen que hace el avestruz, su cabeza en la arena.

Decía mi querido amigo Jesús Hermida, periodista español: yo no creo en los fantasmas: pero de que los hay, los hay.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapaboca): con todo respeto, señor presidente, los niños, aunque no vayan a votar en la reputación del mandato, merecen respeto. Van a votar en 2024 o después, pero ya no van a ser seducidos por usted.

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