Por Miguel Alejandro Rivera

@MiguelAleRivera

En los últimos días ha sido controversial el caso de una asociación civil de investigadores que habría recibido recursos del Consejo Nacional para la Ciencia y Tecnología (Conacyt) de 2002 a 2018, estos para pagos de choferes, celulares, servicio de bocadillos, comidas en restaurantes de lujo y viajes al extranjero; estos gastos, obviamente, nada tienen que ver con fines académicos o de índole intelectual.

Las opiniones se han dividido en la esfera pública, como era de suponerse y, una vez más, el gobierno de la llamada 4ta Transformación, ha tocado intereses de una élite que en sexenios pasados no había sido cuestionada; sin embargo, y como en otros casos, lo importante es que se ha iniciado una conversación social en torno a un espectro que debiera ser de nuestro interés: el de la investigación científica en México.

¿Cuándo fue la última vez que un proyecto impulsado por el Conacyt, o por alguna otra instancia pública, te dejó asombrado o generó algún beneficio en tu vida? Exacto, es difícil recordarlo porque la lejanía entre academia, científicos y sociedad en nuestro país, es enorme.

Este problema es multifactorial. En principio, la mayoría de los mexicanos ponderan primero sus necesidades básicas, antes de siquiera ocuparse de otros asuntos. En el famoso discurso que Federico Engels enuncia frente a la tumba de Karl Marx en 1883, se explica claramente el fenómeno: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.”.

Así pues, podemos entender que por muchos años, sobre todo los del llamado período neoliberal, se fomentó la precariedad de las mayorías a fin de que no se interesaran seriamente por temas como el desarrollo intelectual o incluso el espectro político, razón por la cual no se había reflexionado sobre el papel de los científicos en México.

Otro factor importante por el que no hay una relación positiva entre academia y sociedad, es que sin duda el actuar de los investigadores ligados a instituciones públicas, tanto en las ciencias sociales, así como en las exactas y de la innovación, se ha realizado de forma elitista, pues al parecer muchos ponderan el salario, más allá de los resultados que pudieran compartir con la gente que, en el mejor de los casos, debiera aportar cambios positivos y prácticos a la cotidianidad.

El espíritu de cualquier tesis, incluso para titularse a nivel de licenciatura, es el de encontrar un problema en determinada disciplina y proponer mejoras a un sistema; sin embargo, muchos de quienes viven de la investigación en las instituciones públicas, se mantienen de recursos del erario, han encontrado la comodidad en una dinámica donde, sin entregar grandes resultados, ostentan prestigio y recursos a los que no quieren renunciar.

Sin embargo, se mantenían intocables por ser, en muchas ocasiones, líderes de opinión o piezas clave en el sistema, que las administraciones anteriores, por obvias razones, no querían tocar. Sin embargo, hoy parece necesario que la sociedad mexicana pida cuentas a todos esos intelectuales, académicos e investigadores que por años se han mantenido con recursos del Estado y que difícilmente, pocas veces, le ha dado algo a cambio.

Alguna vez le escuché decir a uno de los mejores profesores que ha tenido la Facultad de Estudios Superiores Aragón, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en sus filas, Alberto Fernández de Lara Quesada (QEPD), la siguiente frase: “Los académicos debemos salir y escuchar a los demás, compartir con la sociedad, porque el ave que da vueltas al mismo árbol, está destinada a escuchar por siempre su propio cantar”; así ha vivido esa extraña élite intelectual mexicana, que hoy está en la discusión pública y que, sin duda, debe transformar sus dinámicas.

Es importante que los académicos de las universidades públicas, los beneficiarios de becas, de apoyos económicos salidos del erario, los estudiosos incluidos en el Sistema Nacional de Investigadores (SIN), se acerquen a la sociedad y le muestren su trabajo, que den a conocer lo que hacen, cómo lo hacen y por qué ocupan recursos públicos para ello; así, cuando existan polémicas como la de los últimos días, podrían tener argumentos inmediatos para defender sus actividades.