Por José Francisco Villarreal

Recuerdo que cuando hice la secundaria había la separación de jóvenes por género, tanto en grupos como en patios. Hoy podría entenderlo. En ese rango de edad las hormonas andan frenéticas, como hormigas antes del aguacero. La materia de Biología no nos aclaró mucho, nunca fue más allá de destripar ranas y pinchar insectos, nunca rompió el canon de las cigüeñas y los repollos; lo más atrevido fue explicar las relaciones perversas entre las flores con la complicidad alcahuete de las abejas. Fue en secundaria cuando vi una publicación pornográfica por primera vez, yo y creo que la mayor parte de mis compañeros. Ver las desmesuradas ilustraciones de aquellos textos y compararlas con nuestros propios cuerpos era traumático. Al menos comprendimos, a pesar de la discreción del maestro de Biología, que un hombre y una mujer que siembran repollos para tener bebés son un par de idiotas.

Muy a duras penas nos enteramos que para no tener bebés la única opción, dura y penosa, era la castidad. Romper la regla de no romperle la regla a una mujer tenía consecuencias y castigos, aunque no para todos los involucrados. La frase “Ahora le cumples o la dejas como estaba” parece chusca, pero tiene su lado tenebroso. Por un lado era reconocer a un bebé que crecería siendo la causa, pero le endilgarían “la culpa” de un matrimonio forzado (amor disparejo e infierno para tres). Por otro, asumir los costes económicos y morales de un aborto, lo que sea para cubrir las apariencias. Había una tercera opción: que la madre soltera se hiciera cargo del bebé con poca o ninguna ayuda del padre. Aunque el bebé tuviese el apellido del padre ausente, siempre vivirían con el estigma, la madre como una “cualquiera” y el hijo como “ilegítimo”.

La Iglesia Católica (supongo que todas) y la sociedad celebraban la primera opción, bendecir pero condenar a un infierno a tres personas. Se hicieron de la vista gorda en la segunda, el aborto. Y fomentaron la segregación, el estigma en la tercera. Eso a pesar de que durante siglos los sacerdotes católicos contribuyeron a la producción de “ilegítimos” y madres solteras.

De pronto, a huestes con olor confesional pero hedor político, les vuelve el alma pía al cuerpo e inician una cruzada internacional “a favor de la vida”. No toda la vida, al menos no con la misma enjundia. Por el momento sólo por el derecho a la vida humana desde el momento de la concepción (o antes, si los dejan). Este martes un grupo de “antiabortistas” llegaron hasta el Congreso de Nuevo León a exigir que nuestros diputados declaren y promulguen la independencia de estatal por lo menos respecto a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En pocas palabras, exigen mantener criminalizadas a las mujeres que aborten, que es lo que condena la SCJN. Fueron recibidos amablemente por diputados de tres partidos: PRI, PAN y MC. No hay qué perder de vista esto, y los interlocutores legislativos de esos grupos que, insisto, huelen a fe pero hieden a política.

También en Monterrey, y además en todo México, hubo manifestaciones mayormente de mujeres exigiendo la despenalización del aborto. En Nuevo León, la manifestación fue bastante tranquila pero firme (se vio más violenta la excesiva “vigilancia” de Fuerza Civil). En otros estados fueron hasta agresivas, llamémosle violentas. Decía mi agüelo que la mentada de madre se grita, se dice, se susurra o nada más se piensa, dependiendo de lo duro del chingadazo. Cosa de calibrar la violencia que han sufrido esas mujeres, no sólo por hombres sino por todo un sistema, patriarcal, eso sí. Y cuando el grito no es suficiente…

Conozco personas que creen firmemente que en el instante en que un óvulo apenas fecundado ya es un ser humano. Otros le dan un poco o más de tiempo. Ni el científico más prominente puede determinar cuándo sucede ese “milagro” de convertirse en un ser humano con la única cualidad que lo distingue: la consciencia de sí mismo. No hay certeza en este tema. Cuando no hay certeza, hay conjeturas. Y sólo por la fe se asume como verdad una conjetura. Ambos extremos del debate sobre el aborto parten de conjeturas. Sin embargo para los proabortistas el asunto no sólo implica la vida del feto, también la de la madre. La vida de ambos después del parto puede llegar a ser igual o peor que hace años lo fue (y aún lo es) para una madre soltera y un hijo “ilegítimo”. Es precisamente la pulquérrima higiene social tan parecida a la de los antiabortistas la que los estigmatiza (en su lista negra de pecados cabemos todos), porque el activismo contra el aborto es sólo la punta del iceberg.

Los que vociferan “a favor de la vida” no llegan más allá del parto. Proponer adopciones es peligroso y además sospechoso. Se invisten de mesías que dicen a la mujer: “¡Pare, vete y no peques más!” Si para los proabortistas se trata de un problema social al que intentan dar solución, para los antiabortistas es fundamentalmente un precepto religioso. Pero… la religión cristiana reconoce el libre albedrío. El cristianismo no impone, propone. Es cada individuo quien elige. Adán y Eva pecaron (en principio de gula vegana) porque tenían la libertad para hacerlo. Las leyes divinas son propuestas; en cambio las leyes humanas son obligatorias. Si por una ley humana se obliga a parir a una mujer contra su voluntad, legalmente sería una buena ciudadana pero… ¿es válida para Dios una virtud cuando uno se ve forzado a cultivar? No lo creo. Recordemos que se peca de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Me van a disculpar, pero yo insisto. Este asunto del activismo contra el aborto me sigue pareciendo un tema con sesgo político. No sé qué tramen los diputados locales en contubernio con estas huestes devotas, pero, como dije en otra ocasión, no es en las leyes humanas, ni en las calles, ni en los congresos, ni en los tribunales donde se debe PREDICAR contra el aborto, sino en los púlpitos. Porque, repito, las leyes divinas no son obligatorias.