Por José Francisco Villarreal

Hace siglos, un erudito abad francés llamado Adso, benedictino por más señas, escribió una carta que más bien era un tratado teológico muy curioso. El sabio monje escribió la biografía de ¡El Anticristo! Como el cristianismo estaba aún plagado de supersticiones y creencias paganas, hubo muchos que alucinaron la inminente llegada del engendro, babilónico según fray Adso. Y como esto sucedía en el siglo X, no faltó quienes atribuyeron a ese presunto y diabólico natalicio todo tipo de desgracias y hasta pusieran fecha de caducidad al género humano: el año mil. Por fortuna ese terror milenarista no fue general. Los pueblos euroasiáticos estaban apenas asimilándose al cristianismo romano u ortodoxo, y tenían sus propias teorías apocalípticas. El califato de Córdoba sí mostraba un desgaste apocalíptico que lo atomizaría después en taifas (reinos); aunque a estos musulmanes sunitas les importaba un bledo el año mil y el Anticristo.

Lo interesante de esa época es que aquel era un mundo globalizado ya, enriquecido por el comercio, el intercambio cultural, las migraciones y/o invasiones, la creación de Estados nuevos, así fuera a partir de feudos más o menos independientes y reinos súbditos bastante autónomos. Una vez que pasó el temor de nuestros abuelos europeos por el “fin del mundo”, los estados fueron consolidándose tímidamente y organizándose mejor, pero no serían profecías sino las oleadas de peste negra, en el siglo XIV, las que sacudirían todo, incluso la economía y valor del trabajo especializado, incluyendo el agrícola. Todo junto forzó a replantearse la idea de Estado como entidad política, creando bases para instituciones representativas como las Cortes en España, el Parlamento en Inglaterra, los Estados Generales en Francia, la Dieta Imperial en el Sacro Imperio Romano Germánico… y así. El temor del fin del mundo, la pandemia de peste negra, y una nueva sacudida por la viruela, empujaron a Europa a una época brillante: el Renacimiento.

Pensando en esto, me pregunto si el Covid-19 y los furiosos profetas del fascismo y de la fe desvergonzada, no nos estarán poniendo en la mesa todos los elementos para reconsiderarnos como entes sociales y que así nos plantemos con firmeza ante el Estado y en todas las manifestaciones de la sociedad. Tal vez estamos esperando que las cosas sucedan de una forma en la que es imposible que se realicen. Vivimos con la creencia de que el activismo político, apadrinado por consignas de partidos, organizaciones y hasta religiones, cambie al gobierno para bien de todos, aunque en el fondo pensamos sólo en nosotros pizcando las migajas del poder. Tenemos décadas ensayando ese método y no ha dado resultados. Ningún partido, movimiento, organización o religión han demostrado que sean verdaderamente representativos como no sea de segmentos, y hasta eso, muy heterogéneos. La tendencia de todos ellos es a mantenernos bajo normas estables, que faciliten la gobernabilidad política, cultural, religiosa… El resultado nunca fue ni será parejo. Ni la derecha impía e inmoral, ni la izquierda rencorosa y vindicativa, pugnan por un rasero común sino por una tabula rasa que pulverice adversario (borrón y cuenta nueva, pogromo ideológico).

Tal vez debamos ser más sutiles, más egoístas también. Imprimir en todo nuestra individualidad reconociendo que esa “nueva normalidad” que cacareaban los epidemiólogos y uno que otro farsante localista, es más que un cubrebocas y lavarse las manos. Ambas medidas higiénicas nos remiten a dos actitudes sociales que ya hemos ejercido y que no nos han redituado nada más que desgracias. Callarse la boca y lavarse las manos ante la injusticia.

Ahora mismo estamos expectantes ante los cambios de poderes municipales en Nuevo León (ya con una baja sensible y violenta en Cadereyta), y además atentos ante el cambio estatal de poderes. Cruzamos apuestas y especulamos sobre el futuro de cada administración como profetas apocalípticos o evangelistas iluminados. Seguimos dependiendo de lo que suceda en esa esfera del poder desdeñando el nuestro. Y no sólo es el voto, que siempre es un albur. Es nuestro miedo, más bien nuestra cobardía a enfrentar que la responsabilidad de todo cambio social empieza en la base social, que no necesariamente es la familia.

Seguimos creyendo que la ley la dicta el Estado, y el Estado no es más que un grupo de individuos hormados por ideologías a medio digerir (vómito pues)… y entre más teóricos, más rígidos, más inhumanos. Tal vez el presidente López tenga razón cuando dice que la corrupción se barre desde arriba, sólo espero que toda esa basura no nos asfixie a los de abajo. Pero el cambio en una sociedad sí sucede desde abajo, y no necesita de intérpretes legislativos, judiciales o ejecutivos, necesita de funcionarios, técnicos, capaces, obedientes y honestos, nada más.

“Haz lo que quieras”, decía el orate de Aleister Crowley. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, decía Jesús. Uniendo ambos conceptos no necesitaríamos leyes, sólo una coordinación mínima para que todos pudiéramos ejercerlas. Eso, y no un fársico apocalipsis en abonos con tres pillos en la cárcel y cientos en las calles, es lo que espero yo de las transiciones de gobierno en Nuevo León. Aunque, viéndolo bien, no debe haber transición alguna cuando el pueblo es el mismo, debe haber sino continuidad… rezagada durante décadas, por cierto.

PD: La senadora Lilly Téllez hizo públicos sus datos para contactarse con ella para… no estoy seguro. Me emocioné un poco cuando me enteré, porque ya está próximo mi cumpleaños. Pero, ¡qué pena!, porque no me gustan las fiestas de cumpleaños y padezco coulrofobia. Si se me ocurriera hacer fiesta, y como soy un patán, consideraría a Polo Polo o a Fernández Noroña… Y no es broma, me encantaría escucharlos en vivo, las madreadas de don Gerardo a la derecha son tan épicas como las de don Polo Polo a todos, hasta a sí mismo.