Por José Francisco Villarreal

Hace años, el ahora difunto pero siempre muy querido poeta Jorge Cantú de la Garza, veía varias acuarelas destinadas para una exposición. No recuerdo el autor, pero otro pintor, que recién nos ha dejado, Armando López, decía maravillas de esas piezas que, por cierto, eran bastante caras. Jorge, un poco en broma y un poco en serio, decía que él por esos precios lo menos que exigiría era ver las nervaduras de las hojas, las estrías de las ramas, detalles pues. Armando (¿o fue Poncho Reyes?) explicó algo sobre ese tipo de acuarelas y la técnica, que exigía rapidez a la hora de combinar colores sobre el papel húmedo, se sacrificaba la precisión por la luminosidad, pero que nervaduras y estrías estaban ahí aunque no se vieran. Jorge, burlón, me preguntó “¿Tú comprarías este cuadro?” Le contesté, cómplice, “Sí, el marco nada más”.

Jorge bromeaba, yo sí hablaba en serio. Soy bastante torpe al apreciar una obra de artes plásticas o un diseño. Me gustan los detalles. Me dejan maravillado esas gasas etéreas que algunos escultores han logrado hacer en mármol, y no entiendo demasiado las sutilezas simbólicas que imprime la técnica. Tampoco me entusiasma mucho colgar en mi casa nada más que unas escasas fotos familiares y algún cromo (calendario) que recolecto de las tiendas que aún los reparten entre diciembre y enero.

Todo esto ilustrará muy bien por qué, cuando un amigo me preguntaba por el nuevo logotipo del estado y la nueva versión del escudo, me quedara de a seis, sin saber qué contestar. Más o menos así me quedé hace años cuando vi por primera vez el “águila mocha” de Fox. Aunque atentara contra un símbolo patrio debidamente protegido por leyes, en principio me pareció muy práctico para membretes. Pero, insisto, soy muy malo para apreciar un diseño o una obra de arte en toda su dimensión. Tuvieron que pasar varios años para comprender que aquella “águila mocha” de Vicente Fox era un símbolo perfecto de su régimen. La majestuosa águila real perdió el soporte terrenal del islote y la nopalera, hasta las garras perdió; quedó la cabeza y la serpiente. Cualquier declaración actual del expresidente comprobará que él fue la inspiración de aquel logo: puro pico y veneno.

No recuerdo en qué administración estatal o municipal también se usó un logo que no correspondía completamente al escudo oficial de Nuevo León. Sí recuerdo vagamente que eran como las chimeneas del cuarto cuartel del escudo, o algo así. Pero lo asocio con vehículos, no con membretes ni banderas. No abundo porque mi memoria no quiere ayudarme. En todo caso se trataba, como el “águila mocha”, de un recurso visual de identidad para una administración en funciones, no para el estado. Es como los colores “broncos”, tintes ahora extintos, y la actual gama del naranja que también identifica a un partido político.

Mentiría si dijera que conozco de una ley que resguarde el diseño del escudo oficial del estado de Nuevo León. Supongo que la hay, al menos para definirlo, no sé si también para que sea inmutable. Si la hay, es bueno que lo describa. Ahora que, la identidad entre ese escudo añejo y el estado como entidad social ya es otra cosa, tal vez sí necesite actualizarse. Su simbolismo, basado en la heráldica, puede hacerlo un verdadero documento. Quien haya visto el interior de un templo masónico con más interés que curiosidad, y sin prejuicios, podrá entender eso. Pero el Nuevo León de hoy, que quiere ser un nuevo Nuevo León para el nuevo gobierno, tal vez sí necesite otro documento visual que lo identifique… O dos: el real y el proyecto.

Ahora que, ¿esta revisión oficial es la adecuada? Yo no lo afirmaría, no como un documento de identidad social. Lo que veo es la desaparición de los detalles a favor de figuras planas y colores afines a la nueva administración. Además, quitaron la garrita tricolor donde decía “Semper Ascendens”; se comprende, ya resultaba una ironía en medio de un descenso en la economía y en la población debidos a la pandemia. Además, si la raza no lee en español, cuantimenos en latín. Es práctico, eso sí. Los jóvenes son prácticos, el gobernador es joven. Si en mi adolescencia se hubiera diseñado un escudo así, yo hubiese estado feliz. Cuando el “profe” encargaba de tarea dibujar el escudo estatal “a pulso”, (no calcado), era bastante difícil; el nacional era ya una tortura. A pesar de todo el esfuerzo gráfico, esta revisión del escudo estatal no modifica la referencia histórica, aunque describa simbólicamente una historia de 361 años de un estado que ya anda cumpliendo cerca de 440. Sí me desconcierta otra vez el logo del león coronado, porque ese rey león quedó ya depuesto y desmelenado desde hace 200 años (con el debido respeto por don Agustín Primero y ninguno por don Max, el austriaco). Aunque por lo menos ya no es morado, que parecía una bestia alienígena. Hoy las únicas coronas vigentes en este nuevo Nuevo León son las que ponen a las quinceañeras, las que adornan las ceremonias fúnebres, y las que se toman los “mirreyes”.

Por lo pronto, mientras no se convoque a una revisión exhaustiva sobre una nueva identidad visual de Nuevo León que permanezca más allá de un sexenio y/o régimen, lo único diferente entre el viejo escudo y este nuevo es la técnica de su diseño, y la intención política del nuevo gobierno (algo que sucede cada sexenio). El documento original, el viejo Nuevo León de los años 40 del siglo XX, sigue ahí; estilizado pero sigue ahí. Como las nervaduras de las hojas y las estrías de las ramas que estaban detrás de la técnica del acuarelista que comentaba antes.

Ahora que, respecto al logo del rey león, ahí les encargo la carrilla de la raza, que como durante el sexenio pasado pagó pero no mandó, se ha vuelto mucho más méndiga.