Por Félix Cortés Camarillo

La vanidad no es el peor de los siete pecados capitales oficialmente (?) reconocidos. De hecho, ni en la definición original hecha por el papa Gregorio Magno en el libro Moralia in Iob del siglo sexto, ni la reformulación de Tomás de Aquino a inicios del siglo trece la incluyen. En orden diferente, ambos enumeran soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Para el tomismo la soberbia y la envidia fueron los vicios favoritos de Lucifer y en consecuencia generaron los cinco adicionales practicados por el hombre.

Una película muy célebre, «El abogado del diablo», recoge muchas otras interpretaciones generalmente compartidas, de que la vanidad es el pecado capital favorito de Satanás. De lo que no cabe duda es que la vanidad es el pecado favorito de los humanos.

Aquí en mi pueblo, Cinthia Lizeth Vega Chapa entró por pie propio a la clínica llamada Elohim Servicios Integrales Estéticos, una clínica como hay muchas en la ciudad. Eran las cinco en punto de la tarde, Cinthia tenía 22 años de edad, se desempeñaba como mesera en un restaurante familiar y era lo suficientemente agraciada de rostro y cuerpo que definitivamente no necesitaba practicarse una liposucción en el establecimiento. Liposucción que ella había decidido se le hiciese probablemente porque tenía planeado hacer un viaje a Cancún con su novio y futuro esposo según sus planes. Tres horas y media después salió de la clínica en una camilla hacia una clínica alejada, en donde falleció.

Algo que todavía tendrán que aclarar a las autoridades le salió mal a Nancy Deyanira Mireles Reyna desde la aplicación de la anestesia. Esta mujer que admite haber hecho cursos de enfermería sin haber solicitado su título y haber obtenido un título de medicina del Coneval. Yo confieso mi desconocimiento de que esa haya sido una de las atribuciones de un organismo diseñado para la evaluación de los programas gubernamentales de asistencia.

Las estadísticas en este campo son endebles. Me dicen que hace cuatro años cerca de un millón de mexicanos, mayormente mujeres, se sometieron a intervenciones quirúrgicas para corregir los supuestos o reales defectos de su anatomía. México ocupa el tercer lugar mundial en la cirugía estética, solamente después de los Estados Unidos y Brasil.

Estas operaciones van desde la rinoplastia, que quita a las narices lo que según el criterio de quien según Quevedo va pegado a ellas les sobra, o le agrega lo que les falta, hasta la lipoescultura, que consiste en moldear los cuerpos succionando grasa de los sitios en los que su volumen es molesto para pasarlos a los sitios en donde es deseable. Entre estos extremos se encuentran el aumento o reducción del volumen de los senos o la simple extracción de tejido adiposo de las barrigas o caderas.

Existe desde luego la cirugía plástica reconstructiva, para reparar las lesiones simples que provoca el labio leporino, o los supuestamente irremediables daños causados por las quemaduras de tercer grado. Pero eso es otro asunto.

Aquí el tema es que el afán de mejorar la apariencia de sus cuerpos lleva a mujeres como Cinthia Lizeth a ponerse en manos de personas que carecen de la preparación y el instrumental para hacer ese tipo de intervenciones con responsabilidad y eficiencia.

Pero ya lo dice el Buen Libro, en «Eclesiastés», vanidad de vanidades, todo es vanidad.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente: ¿el presupuesto de egresos contempla lo que recibirán en dinero contante y sonante los que mangonean al PRI para que sus borregos le regalen a Morena los votos necesarios para pasarse la Constitución por el arco de Su triunfo suyo de usted?

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