Por Carlos Chavarría

Todos los gobiernos del mundo han preferido no meterse a enseñarle a las personas las bases económicas sobre las que toman las decisiones en sus gestiones. Asumen que todos los ciudadanos poseen suficiente conocimiento para entender con un simple anuncio o discurso, que la administración pública siempre busca el beneficio de las sociedades que encabezan.

La realidad es que aunque la economía no es una ciencia exacta, cuando los resultados no se dan como se esperaba siempre buscarán la forma de excusarse a sí mismos achacando los problemas a causas ajenas a su actuación.

Veamos nuestro caso, México. Todas las administraciones han emprendido proyectos y programas de índole diversa, algunos para fines muy específicos o para grupos muy seleccionados, otras de efecto general y de un amplio rango de efectos económicos multiplicadores, como la inversión en infraestructura de uso general.

Pero también han realizado otros fundados solo en cuestiones ideológicas o compromisos políticos que han sido la causa de  periodos de estrés o de franco desastre económico. Lo hacen a pesar de las experiencias que ya hemos tenido y hasta en contra de la misma ciencia económica y el sentido común, amparados en que el conocimiento popular, aunque sea básico, de los procesos e interacciones económicas es casi nulo.

La actual administración, que en el discurso se dice respetuosa de las bases macroeconómicas que tenemos, elevó el gasto social y de inversión partiendo de supuestos poco sólidos, buscando objetivos más que sesgados por la circunstancia política imperante para fortalecer a su partido político.

Todo partió del supuesto de que existían 500 mil millones de pesos anuales que se consumían por las malas prácticas de la administración y que financiarían sus programas sociales. También de publicitados ahorros por reorganización del gasto corriente, de reducciones de todo tipo, del uso de reservas diversas, de obligar a endeudarse a estados y municipios y, con todo y eso, ya los números no dan para más.

Pandemia o no pandemia, la administración ha hecho todo lo posible por profundizar la desconfianza de los inversionistas y que la economía no crezca de tal suerte que no le queda otra salida que pasarle a la sociedad el costo de sus programas sin sustento, estrategia que a su vez hará más grande el gasto público, pero reduciendo la renta nacional, metiéndonos poco a poco en el circuito de recesión con inflación.

Vamos en este camino porque un amplio sector de la población piensa poco en términos económicos y apoya los programas en curso, pero eso no los convierte en algo exitoso.

Hoy estamos repitiendo los mismos errores del pasado y bien vale la pena recordar a James Carville, asesor central de la campaña de Clinton en 1992, cuando acuño el lema: “ … es la economía estúpido!”, que sacó a los electores de aquel momento de la zona de confort ideológico y los regreso a la realidad que se vive.

No podemos engañarnos, pagaremos muy caro nuestra indiferencia ante las erróneas medidas que se están tomando por el gobierno federal para sostener lo insostenible.