Por Félix Cortés Camarillo

Gloria a Dios en las alturas

recogieron las basuras

de mi calle ayer a oscuras

y hoy sembrada de bombillas…

«Fiesta»: Serrat

Hoy tiene lugar en la capital de mi país, en su mero centro, la celebración inmensa de la nostalgia, la satisfacción que a algunos provoca el pasado revivido y la regeneración de mitos que todos los días llamamos sepultados.

A bordo de camiones de pasajeros «generosamente» provistos por los empresarios de un país que crucificó a los ferrocarriles para moverse quemando diesel por carreteras que quisieran parecerse a las de la alta California, han bajado hasta el Zócalo mlies, decenas de miles, centenares de miles de mexicanos, voluntariamente a expresar el apoyo entusiasta a su gobernante, a partir de las cinco de la tarde, como en el romance de Lorca. Guay de aquel que haya prestado oídos sordos a la convocatoria, ora por el discurso, ora por la amenaza, de apersonarse en la gran celebración de la cúspide del presidente López en el ejercicio de su poder.

Un país pintado del noble verde olivo de sus soldados en cada instancia de su existencia. Una sociedad acorralada a golpes de infundios descalificadores, a que reconozca que es simple y llanamente un pueblo amorfo, sabio, noble, bueno y sobre todo dócil.

Hoy miércoles no solamente comienza el último mes de uno de los años más cruentos de nuestra historia reciente. Hoy comienza la cuesta descendente de un presidente al que se le fue el avión que le transportaría a la historia como el gran transformador del país que cada seis años reanuda tercamente su esperanza de que éste sí no será como los anteriores para tener que reconocer más tarde o más temprano, como es el caso actual, que son los mismos con otra máscara.

La de hoy, más cínica que la de los predecesores.

El fandango seguirá por horas y horas. Uno tras otro, los cantantes gratos a la pareja presidencial irán desfilando por el podio de la plaza mayor mexicana: junto con la de Madrid, la roja de Moscú y la de San Pedro, las más bellas del mundo.

¿Qué celebramos? Intente cada quien su recuento. La desaparición en el discurso oficial de una corrupción que sigue siendo causa de todos los problemas nacionales en el oficial discurso. La militarización del país en el que se otorga privilegios a una casta que resulta repentinamente panacea de todos los males. La supresión, mediante acuerdos, decretos, leyes y nombramientos, de toda posibilidad al pensamiento crítico, ya no se diga a la acción reivindicadora. Una política de cara, cómplice abrigo a la delincuencia en lugar de combatirla, de manera que la violencia se ha instaurado como un pentagrama sobre el cual se escribe una letanía mortal cotidiana.

¿Qué celebramos? La mayor inflación registrada en los últimos veinte años, una inflación que no solamente reside inevitablemente en el discurso oficial sino que está ominosamente en los precios de todos los satisfactores vitales: alimentos, cosas, servicios, todo. La más torpe de las políticas sanitarias en el mundo de la pandemia Covid 19 que tiene millones de dosis de vacunas en algún sitio –además de los discursos del presidente López– mientras por las calles deambula la mitad de la población que no tiene terminado su ciclo de inmunización. Y la repetida cantaleta desde el gobierno, de que debemos estar agradecidos porque vivimos en el mejor de los mundos imposibles, que diría Quezada.

Esta fiesta, a diferencia de la de Serrat, ha concluido antes de iniciarse: carece de santo y de ritual. No tiene esperanza.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente: si usted confiesa que gobernando la capital usted nos mintió al sacar los vochos que hacían de taxis; usted dijo entonces que era medida ambiental pero ahora confiesa que era porque se robaban los carros para deshuesarlos y vender las refacciones. Sea. ¿De cuántas medidas de hoy nos enteraremos de la verdad dentro de quince años? 

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