Por Carlos Chavarría

Si al presidente le importa su paso a la historia como uno que sí logro deshacerse de tantos lastres sistémicos que nos azotan desde siempre, como es el caso de la corrupción, debería hacer a un lado su muy sentida nostalgia por las épocas del partidazo y de la aclamación popular pagada.

Esa época, que no la vendieron como la de oro, la del milagro mexicano, y que en realidad no fue sino la consolidación del estatismo centralista que pretendía tutelarlo todo para felicidad del pueblo, pero que no fue sino el desperdicio de la inercia del crecimiento mundial impulsado por la reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial.

Esa nostalgia por el poder presidencial absoluto que incluye por supuesto la censura de todo aquello que atentara con criticar al gobierno. Ese sistema que nos ató al infantilismo y la inmadurez política que todavía se aprecia por todos lados.

El presidente lo decidía todo, empezando por el destino económico y la cíclica renovación de la esperanza “porque este si es el bueno”, a pesar de que los problemas se hacían más grandes cada vez y las posibilidades de solución se agotaban perpetuando las masas empobrecidas tan necesarias para mostrar el arrastre popular del régimen.

Ahora que ya se logró meter a la economía en la misma trayectoria de depresiva que caracterizó al viejo régimen, que se consolidará con el control que tendrá el mismo ejecutivo federal del Banco de México, es fácil pronosticar que sí pasará a la historia  esta administración, pero no por sus éxitos sino los efectos devastadores que tendrán sus política económicas [https://www.banxico.org.mx/publicaciones-y-prensa/informes-trimestrales/%7BDDD7D03D-CD01-065C-C541-F6801C362B2B%7D.pdf].

Controlando al Banco de México, ergo, acabando con su autonomía, nada detendrá la aplicación de los mismos principios keynesianos de convertir al gasto público improductivo en el motor de la 4T, si revisamos la información oficial veremos que la deuda y la emisión secundaria han sido elevados más allá del discurso de presidencial.

El mejor consejo en las actuales circunstancias es: pague sus deudas y preparémonos para una nueva etapa de ajuste de cinturones.