Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

Leamos a Manuel Delgado, antropólogo español, y sus reflexiones sobre el espacio público que, por definición, debe ser accesible a todos porque las “restricciones, los prejuicios, las exclusiones crean excepciones, amputan el carácter público del espacio. Por eso la calidad de la democracia se refleja en la accesibilidad del espacio público”.

– Las ciudades son, por definición, heterogéneas. No porque les apetezca; no por razones ni éticas ni estéticas, sino simplemente porque de ello depende su propia supervivencia, para no decir su prosperidad.

– El Premio Nobel Ilya Prigogine dice que la célula y la ciudad son ejemplos de entidades que por fuerza requieren atraer hacia adentro formas de diversidad, porque justamente de ello depende que puedan existir. No pueden vivir como entidades cristalizadas y acabadas.

– La ciudad, por definición, necesita convocar personas y grupos con competencias y habilidades diferenciadas que hagan posible la cooperación, sin la cual es imposible una forma de vida compleja como la urbana. La diversidad es una opción vital.

– El espacio público vive en crisis permanente. El supuesto de que el espacio público, y por extensión la ciudad, pueda existir al margen de ese mismo conflicto del que vive, es ingenuo. Por tanto, los conflictos y los enfrentamientos no son ni una excepción ni un inconveniente que pueda convertirse en obstáculo para que una ciudad crezca y mejore. De hecho, son su requisito.

– Los discursos que sugieren un estado de excepción como consecuencia del aumento de heterogeneidad trabajan de una forma tramposa haciéndonos creer que esa diversidad sería una anomalía que debe ser rápidamente identificada y corregida. Por tanto, ahí no vale pactar en el debate: la diferencia es un hecho y basta.

– El universo entero depende básicamente de la diferencia, porque la diferencia es información, y la información es comunicación; no podría haber ni información ni comunicación si no hubiera diferencias que comunicar. Por tanto, la diferencia es un elemento básico de cualquier forma de existencia.

– Y no digamos si es tan compleja como la ciudad. Ahora, otra cosa es que grupos sociales que tienen intereses incompatibles o antagónicos empleen la diferencia como argumento para justificar sus luchas, pero eso es otra historia. No existe una maldición que convierta a la diferencia en algo que implique de una manera irrevocable el enfrentamiento. Es el enfrentamiento el que busca, y si no encuentra inventa, el justificativo de sus actos.

– Lo que debería hacer posible la convivencia en espacios públicos no es el respeto a la diferencia, sino el respeto al derecho a la indiferencia; el respeto que yo tengo a que los demás no se interesen por mí y entiendan que mi presencia en ese espacio público es la de alguien que no tiene ninguna explicación que dar.

– El espacio público es el espacio de la exposición, en el doble sentido de la exhibición: hacerse visible y ponerse en riesgo. La gente que convive en espacios públicos urbanos sabe que está sometida a la contemplación de los demás. Y los demás han de entender que esa presencia, en tanto que es una masa corpórea con rostro humano que reclama su derecho a estar, tiene derecho a estar.

– Consensuemos algo: ¿al espacio público se le puede definir por algo que no sea accesible a todos? Si, de pronto, alguien tiene que ocultarse, en función de lo que es o en función de ciertas opciones –sexuales, religiosas, de vestimenta, etc.– y ve escamoteado o cuestionado su derecho a estar, el espacio público demuestra que, en el fondo, no es sino lo que está siendo cada vez más en muchísimos sitios; una pura entelequia, por no decir superstición.

– Pues, en efecto, en todos los sitios hay personas que tienen problemas para salir a la calle, y para las cuales la calle es un riesgo. Y un riesgo que no depende sólo de fanáticos dispuestos a negarle su derecho a estar, sino de la misma policía que le puede negar derechos, puesto que considera que su presencia es inaceptable.

– Estoy convencido de que una buena parte de las cosas más importantes que hemos aprendido en nuestra vida no proviene ni de la casa, ni de la escuela, ni de la televisión; se ha aprendido en la calle. Lo que ocurre es que hay fenómenos como el acuartelamiento de los niños en sus casas por temor a enemigos –que son de la calle, como el automóvil, y otros diferentes tipos de riesgo–, que acaban produciendo reapropiaciones adolescentes del espacio público mucho más convulsivas y urgentes. Porque corresponden a personas que han visto negado ese derecho durante una parte fundamental de su vida. Y cuando lo recuperan, concretan una cierta venganza por ese exilio al que han sido sometidos los niños de lo que un día fue su reino: el de la calle.

– La calle no puede convertirse sino en el escenario en el que los conflictos sociales, las desigualdades, las anomias, acaban exhibiéndose. El sueño dorado que el urbanista y el político establecen de un espacio público sin conflictos y feliz, en que una masa ilusoria de clase media se dedica a un uso amable, basado en la urbanidad, puede ocurrir sólo en las revistas de urbanismo.