Por Félix Cortés Camarillo

El otro día un tal Antonio Brown, un negro americano de la Florida, jugador del futbol de allá con el equipo de la bahía de Tampa, uno de esos jugadores que firman contratos por decenas de millones de dólares para jugar efectivamente unos quince partidos que duran tres horas cada uno, trastornó al deporte profesional de ese país. No por su estimado valor en el mercado de los jugadores, que oscila entre los veinte y los setenta millones de dólares; simplemente porque durante un partido, en un arranque explosivo que dicen ser en él muy frecuentes, se levantó de la banca, se quitó la camiseta de su equipo y se largó del campo. Para el entrenador, se largó definitivamente del equipo. Según Brown se encabronó porque el entrenador pretendía que siguiera jugando teniendo una lesión en el tobillo.

Esta semana, para comenzar el torneo de tenis abierto de Australia, el primero de las cuatro competencias en el mundo de primera línea de ese deporte, el supercampeón Novak Djokovic, llegó a ese país y armó un follón: como pertenece a esa categoría de retrasados mentales que se oponen a la vacuna contra el Covid, y la legislación sanitaria de Australia exige estar vacunado para cruzar sus fronteras, los organizadores del espectáculo deportivo le consiguieron –todo se puede cuando hay dinero– una exención del requisito. Pues no: el número uno del tenis mundial no pudo entrar al país.

El futbol mexicano anda de la patada, y no me refiero a la calidad de su juego que está en peligro de no participar en el Mundial de Qatar de este año, si no se ponen en práctica las mañas usuales de los ejecutivos de la Federación: la pandemia de todos tan odiada tiene confinado a un buen número de futbolistas de diferentes equipos de la liga que comenzó coja anoche porque se han contagiado; jugadores y equiperos que en su conducta personal nunca se han caracterizado por la disciplina y la cautela cuando están fuera de la cancha. A veces también dentro de ella. Mis Tigres no pueden jugar mañana, lo harán –si se puede– el miércoles. Y así, todo el calendario se trastocará y se adaptará a las exigencias de un virus invisible y que se viste del color que le da la gana.
Y a nosotros, ¿qué?

A nosotros mucho. Hace decenios que el deporte se despojó de la máxima griega de que se trataba de tener una mente sana en un cuerpo lo mismo. Al devenir un espectáculo masivo, el deporte, en sus disciplinas más atractivas a la gran masa, se convirtió en un negocio como cualquier otro. Un negocio en el que nosotros, los que pagamos un boleto, cuando se puede, para ir a un estadio o nos sentamos frente a un telerreceptor a ver las competencias, alimentamos con nuestro dinero y nuestra atención a la estadística que se llama rating y que no solamente establece los salarios de los Brown, Djokovic o todos los demás, sino que establece las prioridades: un abierto de Australia sin el serbio no es el mismo negocio que con su presencia. Tampa Bay sin Brown convoca menos gente. El futbol mexicano sin partidos, vende menos camisetas.

In corpore sano.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, no le parece que los deportistas de alto nivel mexicano están ya lo suficientemente marginados, olvidados, despreciados y explotados? ¿Era necesario que Ana Gabriela Guevara les obligue a firmar una carta en la que ellos aceptan que les quiten su beca si se atreven a criticar a la CONADE, su persona de ella y sus barbaridades, en el cielo, la tierra y en todo lugar incluyendo las redes? Ese es un recurso entre nazi y estalinista: se lo dejo a escoger.

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