Por Antonio Sánchez Banda

Hace unos días el gobernador del estado, Samuel García, además de cometer un lapsus linguae al intentar decir que los pasados dos años eran irrecuperables para efectos de la educación, se equivocó al señalar que esos años se habían perdido en su totalidad por lo que respecta a los aprendizajes de los alumnos.

Si bien algunos estudios realizados en el plano internacional señalan que el cierre de escuelas en todas partes del mundo tendrá consecuencias en el futuro salarial de los estudiantes; sobre todo en su futuro laboral, en realidad no se han realizado análisis específicos para el caso de nuestro país, mucho menos para el caso de Nuevo León.

Es posible que las afirmaciones del gobernador fueran orientadas por el área académica de la Secretaría de Educación, ya que, por lo que puede apreciarse desde fuera, consideran que la educación es solo una actividad de carácter técnico y dejan de lado las acciones que los maestros realizan motu proprio por vocación y compromiso social con sus comunidades escolares.

Precisamente ese fue el caso de los maestros mexicanos en general y de los maestros de Nuevo León en particular: se subieron las mangas de la camisa, por así decirlo, y se pusieron a trabajar sin esperar los apoyos que pudieran venir de los distintos niveles de gobierno, los cuales, por cierto, nunca aparecieron en el horizonte educativo; por el contrario, se priorizaron, como lo hemos comentado en otros escritos, las opciones más a la mano y que menos esfuerzo requerían, aunque no menos recursos. Para muestra ahí están los programas de televisión que constituyen un supuesto apoyo a la labor de los maestros.

Los maestros, por su cuenta y utilizando sus herramientas y recursos personales como computadoras, internet, teléfonos inteligentes y todo lo que estaba en sus manos, se dieron a la tarea de intentar sacar adelante los aprendizajes esperados, hasta donde fuera posible, de cada uno de sus grupos de alumnos.

La gran mayoría de los maestros vieron duplicados sus horarios de trabajo debido a que no tuvieron los apoyos mínimos suficientes por parte de las instancias gubernamentales, la SEP del gobierno federal y la Secretaría de Educación local; por si eso fuera poco, la escasa infraestructura con la que contaban las escuelas se vio deteriorada al quedar estas vacías durante los últimos dos años.

Adicionalmente muchos niños y jóvenes se vieron impedidos de acceder a Internet para seguir con las clases en línea, principalmente por razones socioeconómicas dado que no tenían disponible, y no podían adquirir alguna computadora, Tablet o teléfono celular; al respecto nunca se generó programa institucional alguno para que todo alumno tuviera acceso a la red.

Lo anterior obligó a los maestros a ser imaginativos, creativos para suplir la falta de orientación, de respuesta por parte de las autoridades educativas de todos los niveles a fin de lograr que sus alumnos no se vieran perjudicados, o al menos que sus pérdidas de aprendizajes fueran las menores posibles.

Según algunos analistas, los niños y jóvenes que no aprendieron lo que debieron haber aprendido en estos dos años en que las aulas han estado cerradas, perderán hasta un 11% de sus ingresos futuros por el resto de sus vidas, lo cual obra en contra de dos de los objetivos fundamentales de la educación: disminuir las desigualdades sociales y económicas y propiciar la movilidad social.
Aunque hay que insistir en el hecho de que aún no se han realizados estudios específicos para México y para Nuevo León, los cuales seguramente arrojarán que nuestros maestros evitaron una verdadera tragedia educativa pese al pasmo de las autoridades educativas que nunca estuvieron a la altura de las circunstancias.

Debido precisamente a la pandemia han sido las clases más desprotegidas las que han sufrido más en todos los sentidos y el educativo no es la excepción; hoy salir a decir que hubo dos años perdidos y que estos son “inrecuperables”, no solo es un exceso, sino un desconocimiento de la realidad, una postura insensible que desprecia el detalle en favor de las generalizaciones.

Los maestros no solo evitaron una tragedia educativa de grandes proporciones, sino que lo hicieron con sus propios recursos y por su otra vez probada vocación de servicio. Fue un gran esfuerzo de trabajo que se realizó a pesar de las autoridades educativas y no gracias a ellas.

En lugar de denostar y desconocer la gran tarea de continuar ofreciendo los servicios educativos desde educación básica hasta media superior y superior que realizaron los maestros neoloneses, el gobierno de Nuevo León tendrá que, en muy breve plazo, iniciar acciones y estímulos que se traduzcan en apoyos y reconocimientos para revalorar a todos nuestros docentes. Sobre todo, anteponer la salud de los trabajadores de la educación y sus alumnos en las actuales circunstancias.