Por Félix Cortés Camarillo

El próximo jueves 20 se cumple el primer año del ejercicio de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos. Una muestra de encuestas de aprobación de su trabajo arroja estadísticas que debieran preocupar al partido demócrata y a los simpatizantes del presidente gringo: 52.1 por ciento de los adultos encuestados aprueba a su presidente. 42.5 lo reprueba. No son cifras de alarma de pánico.

Durante el primer año de su gobierno todos los presidentes de los Estados Unidos, y yo diría que la abrumadora mayoría de los gobernantes democráticamente electos del mundo, ven desvanecerse gradualmente la aprobación idílica que provoca la cíclica renovación de una esperanza. Solamente Donald Trump tuvo un índice menor que el de Biden al cabo de un año en la presidencia.

De todos los presidentes gringos, George W. Bush es el único en la historia medible que tuvo un espectacular incremento de aceptación en el primer año, superando el 80 por ciento. Claro, esto fue la consecuencia directa del atentado a las torres gemelas del primero de septiembre de 2001. Causa única que se antoja no debe repetirse.

El punto de inflexión para Joe Biden y su aprobación como presidente, se dio el 30 de agosto, al llegar a un empate del 47 por ciento en pro y en contra, cinco puntos porcentuales en pro más alto que ayer. El descenso en los números se da, a pesar de que el presidente repartió casi dos billones de dólares a los causantes norteamericanos como apoyo para los daños del Covid. Las raíces están en el avance del síndrome ómicron, de la inflación y los problemas en las cadenas de abasto, que se manifiestan en atrasos en toda la recuperación económica. Comprensible.

Lo que los bidenistas no debieran dejar pasar por alto es que Donald Trump, el llanero solitito, no estaba muerto: andaba de parranda.

La noche del sábado pasado en Arizona, el pelipintado regresó a la lucha política. 2022 es un año de elecciones intermedias en los Estados Unidos para elegir a un tercio de los senadores y a los gobernadores de 36 estados. Sin mencionar las presidenciales del 2024, Trump dijo: aquí estoy.

No dijo solamente eso. Dijo de su país: “se está yendo al infierno. Es un desastre. Tenemos que ser fuertes y recuperar nuestro futuro. Ya no nos temen. Ya no nos respetan ni Rusia ni China. La gente tiene sed de verdad”. De Biden: “Ha humillado a nuestro país”. Kari Lake, su candidato a la gubernatura de Arizona prometió cerrar la frontera con México si gana las elecciones y mandó un mensaje a los migrantes indocumentados: “cuando sea gobernadora van a ser arrestados y deportados”. Hasta aquí la tolerancia.
Entendámoslo de una vez, de uno y otro lado de la frontera: Trump está en pie de guerra. Una guerra que salpica a México de una manera o de otras.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, ¿mantiene todavía su afiliación con Donald Trump a quien fue a apadrinar como candidato en la campaña del 2020? Si es así, dígalo con ganas. Pa´saber, digo.

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