Por José Francisco Villarreal

Hace algunos siglos, don Conón de Capadocia escribió una historia que si no fuera la incipiente preceptiva literaria de la época, sería un clásico de la literatura de terror. Don Conón contó la historia de un joven cazador beocio llamado Narciso, que era insoportablemente bello. Otro joven, Aminio creo se llamaba, se enamoró del cazador, pero fue rechazado. Alguna gracia extraordinaria tendría el tal Narciso, ya que Aminio no soportó el rechazo y se suicidó. Antes de morir invocó a los dioses para que vengaran su muerte. Una estupidez, por cierto, porque finalmente él solito se mató; Narciso, ni lo topaba.

Pero aquellos dioses griegos no se fijaban en los detalles. Némesis, diosa de la venganza, aceptó la plegaria. Como estaba aburrida ese día, se le ocurrió un castigo muy… digamos, creativo para Narciso. Lo condenó a enamorarse de sí mismo. En un tiempo en el que los espejos no eran muy comunes, y no había ni Facebook, ni Instagram, ni selfies, el castigo fue una verdadera tragedia. Narciso murió tratando de darle unos apasionados arrimones a su reflejo en un estanque. Del cadáver surgió la flor homónima.
Los romanos cambiaron a Aminio por la ninfa Eco, pero da igual. Cualquier peculiaridad genérica de los enamorados se queda corta frente a la imposible pareja que intentaban ser Narciso y Narciso. Un pleonasmo amoroso física y mentalmente inadmisible.

Mucho tiempo después de don Conón, un médico austriaco, don Segismundo Freud, retomó el mito para describir una faceta en el desarrollo de la personalidad. Le llamó Narcisismo, y es de lo más común, normal, y necesario. Malo cuando se convierte en habitual. Entonces ya es una patología. Tal vez ahora no se llaga a los extremos del entusiasta cazador griego, pero sí se practica con mucha enjundia, sobre todo en las redes sociales. Algunas son verdaderos paraísos para el narcisismo patológico. La reiterada “selfie” fue sólo en principio. Y su utilidad rebasó el culto al ego e invadió todo, desde el marketing hasta la política.

Últimamente, todo mundo ha estado metido en un debate muy sensible sobre la infancia. La causa: la señora Mariana Rodríguez adoptó un bebé del DIF estatal durante dos días. La figura legal creo que es “convivencia”, pero no está claro el procedimiento que siguió la señora, o bien está claro que está turbio. Algunos han defendido a doña Mariana, conmovidos por las imágenes que difundió con el bebé. Sí, algunas de esas fotos son muy bellas, conmovedoras. Pero este no es el punto.

Se acusa a doña Mariana y al gobernador de lucrar mediática, política y hasta económicamente utilizando al bebé que, además padece una discapacidad. No veo cómo defenderles de esa acusación. Tampoco de la de faltar a su deber de ser custodios de la seguridad e integridad física y mental de los niños tutelados por el estado. Supongo que el bebé disfrutó de su “familia” temporal, e hubiera disfrutado lo mismo con otras familias menos “destacadas” y menos exhibicionistas.

Si bien el gobernador se declaró sensibilizado por el hecho y ya promueve agilizar el proceso de adopciones, está bien, pero nadie se va a creer que esa era su intención desde el principio. El gobernador y su esposa simplemente llevaron a otro nivel aquel experimento educativo donde adolescentes “adoptan” un kilo de harina. Supongo que ya tienen planes para procrear. Valga como ensayo general. De corazón espero que el estreno paternal sea todo un éxito.

Sí, pero tampoco creo que ese sea el origen de ese capricho. Lo veo, con mis pocas luces, como un simple acto narcisista, satisfacer un capricho, estimular su capacidad de conmoverse pero sin medir consecuencias ni efectos colaterales. Pesaban sólo en sí mismos, y su falta de discreción lo demuestra. Para bien o para mal, con buenas o malas intenciones, todo giró en torno a ellos, y sigue girando.

El narcisismo es infinitamente egoísta. La modernidad le ha añadido atractivos. Ahora no es sólo admirarnos ante el estanque, como el pobre Narciso. Ahora es ver nuestro reflejo en los ojos de los demás. Esto nos mantiene a salvo de un lamentable accidente, como el de Narciso. Pero nos ciega y ciega a los otros. No nos conocemos a nosotros mismos, ni podemos conocer a los demás, ni ellos pueden conocernos a nosotros. Con nuestras “selfies” y fotos posadas, hacemos de nuestro “público” un simple escaparate de nuestra fantasía. Terminamos despreciando a los verdaderamente honestos que pueden vernos más allá de nuestras frágiles trincheras de espejos.

Un político podrá usar su narcisismo como instrumento útil. Puede hacer que más y más coincidan y admiren el espejismo que proyecta. Puede crear legiones de seguidores en todo tipo de redes sociales. Pero todo gobierno existe y prospera porque pisa la tierra, tropieza, cae, se levanta, camina, se detiene, corre… Y todo sobre la misma sólida horizontal, ¡ho-ri-zon-tal! Los castillos en el aire y las personalidades míticas sólo funcionan en la realidad virtual que, aunque se llame realidad, no lo es. Y el narcisismo como recurso en un gobierno se parece más a la creación de una secta religiosa que a una afinidad política o social.

Aquí entre nos, debo confesar que a mí me encantan mis viejas fotos. No por halagar mi ego, sino porque me muestran lo que ya no podré ser jamás. Hasta ahí llega mi narcisismo. Lo admito, eso no es transitar la horizontal sino estar en una sima. Pero… ¡aquí no se habla de Bruno, no, no, no!