Por Erika González Ehrlich

El período neoliberal descarriló al país de los principios de actuación en la escena internacional que marca el artículo 10º de nuestra Constitución. A los gobiernos corruptos, ocupados de tiempo completo en facilitar el saqueo a los oligarcas y funcionarios ladrones, llegando al punto de dejar de lado el respeto y la empatía para con las demás naciones.

Terminamos por convertirnos en una botarga de los Estados Unidos en materia de relaciones exteriores, para no solamente actuar como ellos lo pidieran, sino tomando la iniciativa para hacer lo que los funcionarios pensaban que sería bien visto por parte de la potencia imperialista más intrusiva del planeta.

Así, el último de los cancilleres que tuvo México en ese período, declaró que tomaba el puesto para aprender, como si no hubiera algún otro ya entrenado que pudiera hacer la chamba. Y como echando a perder se aprende, Videgaray se dio vuelo aprendiendo.

Llegamos al grado de expulsar al embajador de Corea del Norte buscando el aplauso de los gringos, el cual no solamente no llegó, sino que resolvieron su conflicto, mientras nosotros nos quedamos como auténticos idiotas, peleados con aquel país.

Todo esto cambió en cuanto se puso en marcha la 4ª transformación con Marcelo Ebrard al frente de la cancillería. Cambió la actitud de Trump, que se la pasaba tratando como basura a Peña Nieto y a Videgaray, para trabajar con mucha disposición, colaborando en forma empática con el nuevo gobierno en materia de migración, petróleo, lucha contra la pandemia y cualquier otro tema en el que fuera requerido.

Se empezó a respetar la libre determinación de los venezolanos, se rescató de la muerte a Evo Morales sin entrar en un conflicto con los Estados Unidos, se apoyó a Argentina para su negociación de deuda con Black Rock, se integró el bloque de países latinoamericanos desde fuera de la OEA, que no servía más que para abusar de ellos.

Se introdujeron programas sociales y productivos en Honduras, Guatemala y El Salvador enviando fondos para que arrancaran y comenzaran a crear condiciones favorables para mucha gente que de otra forma tendría que migrar hacia el Norte.

Se gestionaron iniciativas dentro del G20 y de la ONU que fueron aprobadas por mayorías casi absolutas; se enviaron vacunas y otros insumos a países que los necesitaban, como Paraguay, Panamá, Ecuador, Honduras, Belice, Salvador, Guatemala, Cuba y Haití, entre otros.

Se apoyó al gobierno del Perú, que como todos los gobiernos de izquierda, estaba siendo atacado sin piedad por las hordas desesperadas de la oligarquía de su país, e incluso se presentó un plan en la ONU para terminar con la pobreza extrema del mundo, dándole de paso una regaño al funcionamiento burocrático de esa organización en forma respetuosa pero firme, donde se les dejó claro que ellos no han hecho nada para disminuir la pobreza en el mundo.

En esta transformación, México pasó de tener una actitud entreguista y lambiscona que no aportó nunca un beneficio a nadie, a colocarse una posición activa y propositiva que le sirve a todo mundo, desde una situación de respeto, así como de solidaridad con todos los pueblos, sin importar la ideología que profesen sus gobiernos, con base en los principios que marca nuestra Constitución, el sentido común y la empatía, convirtiéndose en un factor de cambio orientado a la búsqueda del bienestar de las personas en todas partes.

Como lo dijo Nelson Mandela: “Ser libre no es solamente deshacerse de las propias cadenas, sino vivir de forma que se respete y mejore la libertad de los demás”.