Por José Francisco Villarreal

Durante mi infancia, solíamos consumir agua de un pozo, a fuerza de brazo y una polea. El pozo no tenía pretil para impedir una caída, pero nunca hubo incidente humano ni animal qué llorar o lamentar. A unos doscientos metros corría el sucio y perezoso arroyo Topo Chico, arrastrando todo tipo de cosas. Embravecía en temporadas durante unas horas. Recuerdo que lo más intimidante de la “creciente” de agua era el fragor durante la noche. En los alrededores del pueblo había además un par de manantiales alimentando a dos arroyos, un pantano, y tres pozas; incluso un poco más lejos, junto a la “labor” que cultivaba papá Antonio, había un profundo cenote (sí, un cenote) de donde don Mague sacaba agua para regar sembradíos de verduras o flores, según la temporada (rumbo a donde hoy está “Los Ébanos”, en Apodaca). Era de lo más común que bajo ciertas condiciones del clima se notaran lugares con niebla muy densa. “Es que abajo hay mucha agua”, decía mi agüelo.

No hablo de una remota zona rural sino de «El Mezquital», que hoy está profusamente urbanizado, o roñoso de proyectos de urbanización o industrialización. Apenas hay rastros de lo que fuera una zona feraz, productiva, óptima para la agricultura y la ganadería, a unos minutos de Monterrey. Esto éramos hace años. Si “veinte años no es nada”, sesenta ya son tres nadas, que ya es bastante. El mismo destino ha sufrido prácticamente toda el área metropolitana, zarpeando con cemento y asfalto los lugares fértiles; hambrientos y sedientos pero promoviendo zonas de cultivo de tasajillo y cría de lagartijas. La solución ahora es cavar y desenterrar ese tesoro que habíamos tapiado para volver a dilapidarlo.

Los viejos recordamos con gozo las bondades del pasado; también recordamos lo malo, aunque con un poco de placer culpable porque no viviremos lo suficiente para ver cómo siguen empeorándolo.