Por Rafael Redondo

@redondo_rafa

La declaración del Presidente de México de “pausar” las relaciones con España debido a los abusos cometidos en México por empresas como Iberdrola, con el antecedente de los oídos sordos por parte del Gobierno español ante la solicitud de ofrecer disculpas a los grupos originales de América por las atrocidades de la Conquista y, posteriormente, la revelación de los ingresos de Loret de Mola, como era de esperarse, volvió a unificar a la oposición, aunque para su propia desgracia.

La oposición desarticulada, sin credibilidad, sin figuras confiables, actuando guiados por el buche y no por el cerebro, con una élite intelectual desacreditada, medios de comunicación que cada día son percibidos como enemigos por el grueso de la población y sus políticos que cada vez que abren la boca terminan haciendo el ridículo, nos describen a una oposición que, a más de 3 años, en lugar de salir a flote; por el contrario, termina hundiéndose cada vez más.

A continuación, una lluvia de ideas de por qué la oposición en México no logra ponerse en pie:

1) Políticos impresentables: figuras de un pasado dañino para el grueso de la población. Políticos títeres de la élite económica, devotos de la idea de que quien ostenta el poder son ellos y no los gobernados (megalomanía), una guerra absurda que dejó miles de muertes y ningún beneficio para el país, mientras los ejecutores de esa política caen uno tras otro en cárceles de Estados Unidos.

2) Una élite intelectual decadente: se quedó atrapada en los albores de la Guerra Fría trayendo al presente conceptos como Dictadura ¿?, Comunismo ¿?, Liberalismo ¿? Metiéndose a temas que no conoce, como sus reclamos contra Gatell como si una epidemia se tratara de opinar sobre si una película fue buena o no, o si la vedette del momento se volvió a aumentar los senos.

Otros, siguen creyendo en el liderazgo de Margaret Thatcher, mientras la avaricia del capitalismo actual ya es un modelo insostenible. No conciben una Democracia donde no gobierne una élite, ¡hello! (por eso no soportan los desafíos que les pone López Obrador cuando nos lleva a explorar en los recovecos más escondidos de la Democracia. Como no entienden porque no leyeron ese manual, se frustran y hacen berrinche al más puro estilo de Lorenzo Córdova), amén de que se resisten a abandonar el estatus de privilegiados que les otorgaron en sexenios anteriores. Le lloran al “billullo” y a un nombre regalado, no obtenido por sus méritos.

3) Los fifí y fifí-fake: un sector de la sociedad mexicana beneficiada económicamente gracias a la tranza y contubernio con autoridades, y sus rémoras, que ni son ricos, ni fueron beneficiados, pero en un viaje de opio creen que pertenecen no sólo a la élite económica, sino que no quieren tirar a la basura el podrido y agusanado pellejo al que consideran su cordón umbilical que los une con España, presos del ridículo complejo de ‘Paulina Rubio’.

4) Las divas de la comunicación: una prensa que se acostumbró a ver millones de pesos pasar frente a su nariz sólo por sentarse a abrir la boca detrás de un micrófono, y que sigue aferrada al modelo Jacobo Zabludovsky de “mi palabra es la verdad revelada”, como lo evidenció Carmen Aristegui y su persecución hacia sus críticos (el colmo de la arrogancia y de la ausencia de inteligencia); a pesar de sus dotes imaginarios de grandes periodistas y comunicadores, terminan evidenciándose un élite totalmente incapaz para redefinir cuál es su papel en un mundo donde lo que sobran son emisores de información. Cegados por la avaricia, se aferran al poder y al dinero, tirando a la basura la nueva realidad de los medios, convicciones, profesionalismo y credibilidad.

¿Cómo se puede construir un proyecto asequible con tanta porquería?

López Obrador siempre ha poseído una lectura muy precisa del México actual y sabe cómo reunirlos para después exhibirlos frente a la sociedad. Ese fue el propósito al dar a conocer los ingresos de Loret de Mola; pero, como incluso los opositores tropiezan al interpretar a López Obrador, les gana la víscera y caen en la trampa de inmediato. Todos los impresentables se reúnen para defender a Loret bajo el lema, “Todos somos Loret”, y claro que sí, son iguales.

Se aglutinan para salir a escena, les caen encima los reflectores y la sociedad puede verlos en su cruda podredumbre: el Drácula de Bram Stoker revela su verdadera imagen.

Los mismos que defienden a Loret, son los que se rasgan las vestiduras dando la cara por empresas españolas a las que los mismos españoles repudian, y lloran por una Corona española también desprestigiada en España, debido a que la corrupción alcanzó al mismísimo rey. López Obrador da un chasquido de dedos y de inmediato aparecen los defensores de delincuentes, los racistas, los mexicanos que aplauden a un patinador mexicano en los Juegos Olímpicos o a Guillermo del Toro en los Oscar, pero lloran amargamente cuando se les dicen sus verdades a una España retrógrada.

Francia y Alemania han entendido el lastre que pesa sobre su imagen al ser percibidos como conquistadores y han pedido disculpas; España, por el contrario, sigue creyendo que América Latina de alguna manera le pertenece.

Pese a ello, muchos mexicanos aún se bajan los calzones ante el conquistador. Aparecen desde luego, los defensores de sus empresarios verdugos, los políticos calcinados por sus propias acciones, los porros disfrazados de periodistas, enriquecidos y empoderados por su labor como vasallos del poder económico y no por sus capacidades como periodistas.

Luego de rendirle honores a Aristegui, Loret o Iberdrola, ¿quién sigue en su lista de superhéroes? ¿Jack el Destripador?

La genialidad de López Obrador es que sabe que al igual que el Flautista de Hamelín, puede usar sus poderes para hipnotizar roedores: las ratas responden a su llamado, se agrupan y luego él nos las muestra para que no se nos olvide cuáles son las enfermedades por las que el país sigue en tratamiento médico