Por José Francisco Villarreal

Hace unos días leí una publicación donde, luego de algunas argumentaciones lógicas más desangeladas que las mías, se apelaba al mejor testigo que existe: el que no puede aclarar ya nada salvo por medio de una sesión espiritista. El ánima convocada en ese Endor virtual de las redes era George Orwell, quien contundía asegurando que el pueblo que elige a malos gobernantes es cómplice de ellos. Mi primer impulso fue revisar mi estado de cuenta bancario, a ver si ya me habían depositado las ganancias habidas en mi pérfida complicidad de tantos años. Pero no. Ni un céntimo más de haberes y sí pesos de débitos. ¡Mi desgracia es no haber aprendido a ser pillo! Lo soy, pero muy mediocre.

Como no se explica una complicidad que no comparta reveses y ganancias, y como la enorme mayoría de los electores mexicanos han recibido todos los reveses y pocas o ninguna ganancias, tengo que concluir que don George estaba equivocado (en el supuesto que la cita de ultratumba fuera cierta). Pero como es un escritor que me cae bien porque además fue periodista de a pie, no de escaparate, mejor traté de matizar su presunta acusación. Si no me equivoco (y lo hago con frecuencia) llego a la conclusión que don George se equivocó, no somos cómplices, sólo somos incompetentes.

En “Rebelión en la Granja”, donde los animales derrocan la tiranía humana, los rebeldes redactaron sus siete mandamientos, y los dos primeros son muy interesantes: “Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo”; “Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo”. Curiosa comunidad que se define por un enfrentamiento entre especies. No se necesita ser un genio para comprender que eso desarrollará una tiranía.

Muchos años pensé que éramos una sociedad que se definía por sí misma, consciente de su identidad, coherente con sus objetivos y solidaria, al menos en esto. Ahora, ya viejo, veo que me equivoqué. No sé si sea por el espíritu bélico de nuestro Himno Nacional, pero parece que, como en la “Granja Animal”, necesitamos a un “masiosare” para tundirlo. Pero como somos un país bélicamente débil, no reclamaremos territorios de Ucrania, ni de Las Malvinas, ni de McAllen. Así que lo resolvemos volviéndonos contra nosotros mismos.

En “Rebelión en la Granja”, los mandamientos se van eliminando hasta quedarse con sólo uno: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Y aunque la sátira de Orwell era contra la Unión Soviética, no somos tan ajenos. Y no, no hablo de cerdos en la política ni de perros en la seguridad (personajes, no alusiones, conste). La distinción entre los ciudadanos iguales y más iguales, es básicamente la misma desde el porfirismo, tal vez antes. Hoy es más evidente porque los “más iguales” luchan entre sí por mantener su liderazgo.

En estos tiempos, lanzarse contra el gobierno actual es un lugar común ya cotidiano en medios y redes. Es interesante que ese tipo de invectivas y sus respuestas no se reproducen normalmente en una convivencia normal. Son argumentos tan rebuscados y poco sólidos, que no hay muchos cerebros que los puedan procesar. Están hechos para ser repetidos, no analizados. En corto normalmente sólo emitimos opiniones, engendradas por la exposición a esos argumentos tan endebles, con poca frecuencia apuntalados por datos no siempre correctos.

Todos sabemos que una reunión familiar o de amigos se agriaría rápidamente con un debate así. Los odiadores recurrentes de la 4T, expresan invariablemente odio contra el presidente López, y parece que no quieren comprender que su garabato de crítica y su farsa de indignación apuntan al líder de México (otro, no el de ellos), y no necesariamente al de los “chairos” en activo.

Incluso el huero debate de la “casa de Houston”, es básicamente una parte de esa intensa campaña por diferenciar a los “más iguales” de los simplemente “iguales”. No importa, y nunca ha importado la corrupción, los conflictos de intereses, la injusticia, la incapacidad de un gobierno. Eso lo hemos tolerado por décadas. Se trata sólo de imponer un grupo coludido que cada vez más muestran la cara. Cuando sea el momento de elegir nuevos gobiernos, los ciudadanos “iguales” no podemos ser cómplices, seremos sólo incapaces de elegir nada más de lo que se nos ofrece y que suelen ser personajes, ellos sí, cómplices de intereses y miembros de la élite “más igual”. No somos cómplices sino clientes cautivos de un monopolio.

En estas condiciones de desinformación y siembra sistemática de prejuicios, es imposible fiscalizar apropiadamente este régimen; y los que se exponen más son sus detractores, su pasado los delata. Es decir, no podemos confiar en que unos y otros no nos engañen. El ruido (des)informativo es irritante y ensordecedor. Sólo nos queda un recurso, el más peligroso en una democracia: ejercer nuestros derechos políticos sustentándolos sólo en la simpatía o la antipatía.

Y a propósito de la “casa de Houston”, todo este cuento que insisten en mantener ha servido más para desacreditar a Carlos Loret, a Carmen Aristegui, a los periodistas que hicieron tan deficiente “investigación”, a Mexicanos Contra la Corrupción, y a algunos políticos… Sobre la familia del presidente y su ausencia de austeridad personal, es algo que ni a mí y a nadie interesa; nos interesa, eso sí, la austeridad en el régimen, pero eso no podemos comprobarlo mientras los “más iguales” sigan distrayéndonos con su estridencia y envenenando al periodismo.

“Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro”, escribió Orwell.