Por Félix Cortés Camarillo

Las estanterías en las tiendas de autoservicio están casi vacías. No hay un solo litro de lecha o aceite en ellas. No hay harina de trigo. Escasean los huevos y los lácteos. La gente, temerosa de lo que sigue, sube a los carritos cualquier mercancía disponible aunque no la necesite. El país está al borde del caos económico, el desastre.

            La imagen no es de Ucrania ni de Venezuela. Eso está pasando el día de hoy en toda España. Hoy jueves se cumplen once días del paro de transportistas que tiene al país al borde del colapso. El presidente Pedro Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español ha logrado algo que en ese país es casi imposible: unir a todas las fuerzas políticas en una sola convicción. En contra suya.

            El desabasto no afecta solamente al comercio al menudeo. El paro de los traileros del país ha puesto de cabeza a todas las actividades económicas. La construcción no recibe hormigón, cemento, impermeabilizantes o cerámica; los granjeros no tienen alimento para sus gallinas y los huevos, que tienen una caducidad de 28 días, se siguen acumulando en sus bodegas. Las coles siguen en sus plantíos enormes porque no hay con qué ni a donde transportarlas. Los pescadores siguen sin salir al mar porque la pesca se les va a pudrir. La cadena de abasto interrumpida está dejando mil trescientos millones de euros de pérdidas al día y un resquebrajamiento político sin precedentes.

            Danone, de origen francés, ha cerrado sus plantas igual que sus competidores españoles en el mercado de lácteos ante la imposibilidad de mover producto procesado hacia los mercados; las panaderías tienen harina para un par de días más. Mañana viernes el gobierno tendrá una reunión de emergencia, que excluye a los grandes transportistas, de manera que poca probabilidad de solución no está en camino; está aquí.

            El problema no es solamente el desabasto, es la inflación. Los precios se han disparado, en el caso de los materiales de la construcción hasta en un 300 por ciento. En el de los alimentos en un 150. Todo ello por el incremento brutal del combustible que mueve los camiones de transporte que son los que llevan toda mercancía. Lo cual nos lleva a la base del problema. Eso es lo que está costando a los españoles la guerra de Ucrania y la repercusión mundial en los precios del petróleo y sus derivados.

            Para los mexicanos, una repercusión que, una vez pasado el circo de la revocación de mandato, la cuarta simulación liberará de la cuerda con la que artificialmente la ha retenido, con cargo al erario. Si la gasolina en México mantiene sus precios es porque la Secretaría de Hacienda diariamente inyecta a las bombas de las gasolineras por el camino de la instrumentación de un mágico impuesto, un subsidio sin el cual estaríamos pagando gasolinas a partir de 32 pesos el litro. Precio que vamos a pagar. Por lo pronto, lo único que va creciendo es el déficit fiscal que es la deuda interna que todos los mexicanos vamos a pagar.

            Las consecuencias de la pandemia y de la guerra de Ucrania convertirán al 2022 en un año muy malo.

            El 2023 será peor.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente ¿tenemos que aplaudir los mexicanos el apoyo que acaba usted de expresar a la invasión rusa de Ucrania, diciendo que todo es una campaña de los medios en favor de los agredidos? Felicidades por la instalación entusiasta en la Cámara de Diputados, de la comisión de amistad México-Rusia que por encargo suyo inventó el gato Beto Anaya, concesionario del Partido del Trabajo.

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