Por Félix Cortés Camarillo

En los años cincuenta, plena Guerra Fría, a la vuelta de la casa, y sobre la calle de Escobedo a unos veinte metros de donde vivió y murió el historiador Santiago Roel, se encontraba un local comercial de amplias vitrinas en donde envejecían al sol libros de marxismo y revistas de propaganda en castellano. Era el Instituto de Relaciones Culturales México-Unión Soviética. A los pocos jóvenes que íbamos a ver ahí en el piso superior, las películas de Eisenstein, Alexandrov Vertov y Pudovkin nos llamaban rojillos y comunistoides. Valió la pena por admirar a cambio la maestría de películas como El Acorazado Potemkin o Alexander Nevsky con su maravillosa cinematografía y edición.

            Me fue inevitable evocar esos tiempos al enterarme de la desfachatez de Beto Ibarra, saltimbanqui político mexicano y propietario de la franquicia del llamado Partido del Trabajo, y en los tiempos corrientes exégeta del pensamiento del presidente López. Beneficiario por años del sistema de partidos que rige en México, el bufón Anaya supo interpretar oportunamente el desgano con el que su jefe, Andrés Manuel, aceptó una leve condena en el Consejo de Seguridad de la ONU a la invasión rusa sobre Ucrania. Mucho más importante que ese gesto fue el rechazo presidencial a sumarse a las sanciones comerciales al gobierno del nuevo Zar de todas las Rusias y el refugio que los capitales y los enormes yates de lujo de los oligarcas rusos en nuestros puertos. Aguas y aires de nuestro país están abiertos para el agresor.

            Fiel intérprete del pensamiento del presidente López, el diputado Ibarra inventó en la cámara morenista un grupo de Amistad con la Federación Rusa, con la complicidad de Augusto Gómez Villanueva, dinosaurio olvidado. Pues esa caterva ciudadana hicieron coro al embajador de Vladimir Putin en nuestro país, Viktor Koronelli, quien llamó la invasión de Ucrania por el ejército de su país como operación militar especial para desnazificar y desmilitarizar el país, como afirma el caradura mayor que gobierna en el Kremlin. No sólo eso, los amigos del nuevo Zar reproducen el sentir del presidente López de que la invasión de Ucrania es una falsedad difundida por los medios al servicio del capital. ¡Spasiba bolshoi, Tovarichi! Yo no entiendo por qué el presidente López no se quita la máscara que tanto critica a los independientes y se pronuncia del lado que masca la iguana rusa.

            Cada quien sus preferencias. Yo prefiero la dramática escena del carrito de bebé cayendo por las escaleras en el Potemkin. El gato Anaya y su pandilla prefieren las imágenes de los edificios habitacionales destruidos por la metralla rusa, en el afán de Putin de hacer surgir de esas cenizas el ave fénix de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): No tengo duda de que muchos de los que grabaron el video pidiéndole al presidente López sobre su proyecto ecogenocida de un tren llamado maya que pone en peligro un patrimonio acuífero subterráneo irrecuperable, hayan votado en el 2018 por el mismo candidato López. Allá ellos. Allá usted, presidente, también: a pesar de lo que piensen nuestras parejas, los seres humanos no cambiamos. Si bien nos va, evolucionamos, como esos sus votantes de ayer. Usted no va a cambiar, va a seguir con su proyecto faraónico y destructivo. Lamentablemente, no va a estar entre nosotros para ver dentro de unos años las consecuencias de su tozudez.

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