Ahora que la realidad se ha vuelto tan inquietante, abundan los análisis de todo tipo cuyo propósito, por una parte, es tratar de explicar cómo llegamos hasta aquí y, por la otra, dónde terminarán las cosas y cómo es que se podría regresar a algún tipo de estabilidad posible.

Hay quienes piensan hasta en una tercera guerra mundial y todos los escenarios imaginables, en tanto la marcha de los acontecimientos se suceden sin que al parecer el derrotero hacia una mayor complejidad e inestabilidad se pueda detener. Claro que ahora no hay ningún ingenuo como Chamberlain para creer en las buenas intenciones de nadie y eso importa mucho ahora que se usan las redes sociales para influir en el ánimo de las personas.

En toda Europa se respiran tiempos de guerra y de rearmamentismo como única salida ante la presión de Rusia por un nuevo orden de las cosas donde los EEUU (y el dólar) ya no jueguen el papel de gran elector y policía del mundo.

En el lejano oriente encabezados por China se preparan en el mismo sentido para desgastar la influencia de los EEUU que se ejerce a través de sus aliados, usando como argumento viejas rencillas territoriales, intención bastante cínica por cierto, habida cuenta de que China no sería nada sin el mercado que encabezan los EEUU.

En el oriente medio continúan las mismas tensiones originadas en luchas ancestrales, siempre alimentadas por las fuerzas y tendencias del hemisferio norte.

Todos los demás países que estamos atorados en estadios de desarrollo muy pobre que se originan en los mismos falsos dilemas ideológicos  de un pasado de dominación imperial y su posterior orfandad intelectual y, por lo mismo, coquetean tímidamente con todos los países que hacen y dirigen el juego del poder mundial con la idea de no tomar riesgo alguno.

¿Qué tanto puede cambiar el modelo patriarcal de conducción del mundo que ha regido desde que pasamos de ser cazadores recolectores a sedentarios? En tanto no cambie el concepto de apropiación territorial y nación, será bastante poco, aunque en la forma podrían verse ajustes de conveniencia para el  Grupo de los 8.

Henry Kissinger decía que “el arte de la diplomacia consiste en acorralar al contrario, pero dejándole una puerta para que se salga”. Vale ahora que están tomando fuerza las autocracias narcisistas de todo tipo en el mundo, casi a la medida de las monarquías que prevalecieron por siglos hasta el 19.

Aunque todo político debe tener algo de narcisista para poder equilibrar las presiones íntimas que se reciben en el cargo y que emanan del propio conflicto social, existe siempre el riesgo de que en algún momento en la evolución de los acontecimientos se presenten giros en simultáneo hacia la perversión de uno o varios de los actores con poder en cualquier geografía.

Como que no sonaría muy inteligente que Putin pretenda con Ucrania regresar al modelo de organización en tres grandes bloques donde se autodetermine como nuevo “zar de todas las Rusias” al estilo de la vieja URSS, habida cuenta de encontrar quien confiaría en regresar a un circuito monetario donde el rublo sea tan equivalente como el  dólar .

El único riesgo global se encuentra en que como pocas épocas en la historia, son muchos los gobiernos populistas en el Grupo de los 20 y eso no augura nada bueno en materia de progreso y desarrollo, tan necesario para darle  continuidad a una posible solución no patriarcal de los verdaderos problemas de todos, como son el agua y el medio ambiente.