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Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

Una tarde en mi casa dejé sola a Rosario Ibarra de Piedra mientras iba a contestar el teléfono, entre tanto empezó a llover. Cuando volví la encontré llorando: «¿Qué le pasa, Rosario?» «Es que pensé que donde quiera que esté mi muchacho ha de estarse mojando». A Rosario tan valiente, tan controlada siempre, por quién sabe qué mecanismo descompuesto la lluvia figurada sobre la espalda de su hijo le abre las compuertas del llanto. Agua rápida, despeñada. Tanta agua ha corrido desde los primeros meses de su búsqueda, cuando la esperanza era violentísima, la del encuentro, la recuperación, tanta agua hasta ir a dar al Canal del Desagüe: «Señora, tenemos aquí dos cuerpos que encontramos en el Gran Canal, a lo mejor son de los suyos, en todo caso, venga a reconocerlo.» Y sí, allí sobre la plancha fría, dizque higiénica, dos cadáveres de muchachos atados de pies y manos cada cual con un solo balazo: uno en la nunca, el otro en la frente; ninguno de los dos mayor de los dieciocho; los dos en estado ya de descomposición. // «Fuerte es el silencio» / Elena Poniatowska

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// José Jaime Ruiz

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Autor: stafflostubos
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