Por José Francisco Villarreal

Cuando Enrique Peña Nieto propuso una reforma sobre energéticos, un grupo de partidos se sumó alegremente apoyándola. Aquella reforma fue…, es un fraude a la nación y una traición a los ciudadanos. Las promesas que ilusionaron a la gente sobre gasolina y electricidad accesibles, fueron el caramelo de plástico que nos chupamos todos y que, de no tener sabor, ya sabe perfectamente amargo. Los mismos partidos que traicionaron la confianza de los electores votando esa reforma, recientemente la ratificaron. Los partidos, bajo el comando empresarial de Claudio X. González (y no es el único), se justificaron con sofismas y votaron, no con argumentos razonables ni sensibilidad social sino, para variar, con ese odio teológico contra López que nos está poniendo cada vez más en riesgo a todos los mexicanos. Al margen de las acusaciones bastante razonables de traición a la patria que pesan sobre la oposición, sin quererlo están consolidando una reforma electoral de facto, no en las leyes sino en donde más pesa: en los electores… ¿Cómo?

La experiencia de la reforma energética de Peña Nieto les dio a los ciudadanos la mejor prueba de que el Congreso de la Unión (y cualquier congreso estatal) no es un espacio democrático ni popular. Ambas cámaras son las plataformas en donde los partidos hacen valer su peso y votan para imponer sus intereses e incluso intereses ajenos. Las leyes que favorecen abierta y directamente a los ciudadanos son importantes, pero son leyes menores. Y no porque no sean necesarias, sino porque saben perfectamente bien que su aplicación siempre tendrá obstáculos. En resumen: los legisladores no representan al pueblo sino a sus partidos, y actúan en consecuencia. Y los líderes de partidos no representan a la militancia sino a… (¿?)

Frente a la opción de votar por un legislador, la gente sabe muy bien que ese jilguero en campaña cantará luego en otra jaula, para otro amo. El elector tiene la opción de votar aleatoriamente o no votar. No hay manera de razonar un voto correcto cuando los candidatos pelean por un partido, no por los ciudadanos de un distrito. Algunos incluso ni pelean, sólo reciben la curul por designación de su partido. Los sistemas legislativos en México están saturados, son suntuarios, y sólo muy rara vez son representativos (quiero pensar que algún legislador puede, muy eventualmente, sufrir un ataque de locura y hablar por los ciudadanos que debe representar). Esto no puede corregirse en tanto los partidos ordenen posiciones a los legisladores, y tampoco mientras se seleccionen candidatos no por su capacidad sino por grillas, imposiciones externas o popularidad.

Cuando los morenistas y el presidente López acusaron a la coalición político-empresarial de “traidores a la patria”, tenían razón. No porque ratificaron la reforma de Peña Nieto, sino porque dieron la espalda a los intereses de los ciudadanos para obedecer la consigna de un grupo que a su vez representa a intereses extranjeros y a magnates nacionales. Eso es traición en cualquier idioma. Morena y sus aliados tampoco salen tan bien librados, pero su problema es de unidad y de correspondencia cabal con los intereses de sus representados… lo de siempre en todos los partidos. Pero esa reforma rechazada fue determinante para los mexicanos, porque identificó más claramente a dos grandes bloques políticos. Aunque López no los inventó, sí les ha dado mucho cartel publicitario (sopita y chocolate). “Conservadores” es un término anacrónico, pero muy claro para la inteligencia más humilde. El “señor X” ha hecho todavía más en contra del pluripartidismo en México, porque al “convencer” a los partidos de actuar en coalición, decolora las banderas de cada uno. El mejor escaparate de la definición de los partidos está en las curules. Votos de una oposición en bloque y por consigna sólo refuerzan más la imagen de ausencia de partidos autónomos y de su dependencia de los poderes fácticos, el económico especialmente.

En las elecciones, así cada partido “opositor” lance su candidato, los electores percibirán un solo partido, el de la coalición operativa, el del “señor X”, los mentados conservadores que, ya sea verdad legal, moral, o sólo percepción popular, están estigmatizados como “traidores a la patria”. El INE, ya de por sí bastante inútil, no podrá enmendar eso, porque por paradójico que parezca, puede garantizar la operación de un proceso electoral pero no la democracia. Mantener la ficción de pluripartidismo dentro de coaliciones esclavizadas saldrá contraproducente, porque sólo dispersaría los votos. No es posible mantener una posición ideológica dentro de la coalición de partidos de “oposición” tan dependiente de la ideología de extrema derecha que gana terreno a nivel mundial… sólo el PAN es más o menos coherente. En la “otra oposición” pasa más o menos lo mismo, pero en la otra esquina.

La iniciativa de Reforma Electoral tiene ya al bloque opositor en contra, antes siquiera de que fuera “analizada” en el Congreso de la Unión. Eso es una consigna, porque tomaron una decisión, pero a los electores no nos han preguntado ni informado. No han considerado que los ciudadanos reales (no los “clientes” cautivos), no están conformes con las acciones de sus legisladores. La quimérica oposición actual no ha considerado que para los mexicanos tanto el INE como los congresos, son instituciones extremadamente caras y sus resultados no corresponden al gasto que representan. El INE es mal negocio. Las elecciones cuestan mucho, y de ribete todos lo pagamos muy caro con sus resultados.

Si en sus curules van a actuar como celosos guardianes del interés de sus partidos, ¿para qué personalizar tanto a los candidatos? En la práctica sólo obedecen al unísono, y no toman decisiones. Votemos por partidos, y que sean ellos quienes propongan sus planillas de cancerberos (da lo mismo atrás que en ancas). En lugar de pelear contra o a favor de una reforma electoral examinando la aritmética de sufragio y el asalto al erario en financiamientos, sería más útil (para los electores) que reformaran la reforma partiendo de cómo percibe la gente, no la democracia sino la mañosa política mexicana. Porque la radicalización de los partidos en la modalidad de pandillerismo nos empuja cada vez más a un bipartidismo de facto, una reforma no planeada que las ambiciones mezquinas de los partidos está consolidando. En una encrucijada de sólo dos opciones, cualquier ruta es radical.

Cuando un partido pierde su consistencia ideológica, sólo puede recuperar solidez en la misma cantera que los originó (Ojalá que no hayan “concesionado” también esas canteras). Como no les veo mucha intención de reinventarse con dignidad, yo diría que, pase o no pase, en esta reforma electoral deberían incluir que en los atrios de los “templos” legislativos se inscriba, con letras de oro (o de litio, según), la frase latina: “CAVE CANEM” (¡Cuidado con el perro!). Un tanto por la obediente bravura en las sesiones, otro tanto por el coro ensordecedor de ladridos durante los debates. Porque en México no hay nada más lejano al entendimiento de los ciudadanos que el misterio de la Santísima Trinidad, el triunfo de candidatos impresentables, y los congresos, federal y estatales…