Por Félix Cortés Camarillo

¿Qué tienen en común, en su relación con el gobierno de los Estados Unidos, Vladimir Putin y el presidente López? Que mantienen un discurso de reto abierto, emitiendo amenazas que en realidad no van a cumplir y que si las cumplen el resultado no cambiará nada sustancial.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia se desató el pasado febrero como una guerra relámpago que Rusia ganaría según Putin en menos de una semana. Se equivocó totalmente y se ha ido arrinconando en la soledad de su soberbia imperial. El pretexto fue la intención del gobierno de Ucrania de adherirse a la Comunidad Económica Europea y acercarse a la OTAN, la organización militar más potente de Occidente. Al ser Ucrania el extremo más occidental de lo que fue la Unión Soviética, Putin se sintió amenazado territorialmente, además de poner en peligro su inmenso ego.

Con una guerra complicada que no puede ganar, Putin se encuentra ahora con la decisión de Finlandia y Suecia, dos países de pacífica tradición de los siglos recientes, que formalmente están pidiendo su entrada a la OTAN.

Cuando comenzó el rumor de que Finlandia, que tiene una frontera de mil trescientos kilómetros con Rusia, y Suecia entrarían al club militar de los Estados Unidos, Putin se apresuró a advertir que se atengan a las consecuencias, lo que constituye una virtual amenaza de darle a Finlandia el trato que le esta dando a Ucrania. Con Finlandia en la OTAN, la entrada de un soldado ruso a territorio finés sería causa de guerra para todos los países miembros.

Por eso Putin no invadirá Finlandia, mucho menos Suecia. Entre otras cosas porque Turquía, miembro de la OTAN, se opone a su ingreso al bloque, que sólo puede ser por unanimidad. Eso lo sabe Putin, si no es que lo solicitó.

A menor escala, el presidente López cojea del mismo pie. Renuente a salir de su zona de confort, se aventó una mini-gira por Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador, culminándola en Cuba, para reclutar seguidores a una idea que no está equivocada: la Cumbre de las Américas debe contar con la presencia de todos los países americanos y el anfitrión -en este caso el gobierno de Biden- debe invitar a todos aunque no le sean gratas la políticas de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Si no son invitados todos, el presunto líder de América Latina no asistirá a la reunión. Gran escándalo continental. Pues no.

Dentro de tres semanas, con la presencia de López o sin ella, la reunión -que no es convocada por la OEA como una cumbre oficial- se realizará en Los Ángeles, California. Con AMLO o sin él, la reunión servirá precisamente para lo que han servido las reuniones previas: para escuchar una serie de discursos huecos y para que los asistentes se tomen la foto del recuerdo. Nada más.

También para que los países americanos se olviden de los problemas realmente importantes. La violencia racial, el consumo de drogas o el desabasto de alimento para lactantes en los Estados Unidos; la violencia, economía hundida, inflación despiadada y carestía indómita en México; ausencia de democracia y oportunidades en Cuba y Centroamérica.

Todo lo demás es humo en los ojos: cortina distractora que de manera genial manejan las almas gemelas de Putin y López Obrador.

PILÓN PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): ¿Qué están esperando los universitarios de hoy para salir a la calle, y exigirle al presidente López que cese en los abusos verbales contra la UNAM, que muy pronto transformará en intervención directa en el gobierno y la autonomía de tan importante institución? Hay que ponerle un alto. Recuerden 1968 y no olviden al rector Barros Sierra.  

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