Por José Francisco Villarreal

Aunque de niño leía la Alarma (y no, no terminé hecho un sicópata), debo reconocer que en mi juventud nunca fui un buen consumidor de noticias, no pasaba de «Codazos». Pero mis abuelos, y hoy mi madre, sí se aplicaban: Américo Leal, Héctor Martínez, Mario Agredano, Horacio Alvarado, María Julia, Gilberto Marcos y, por supuesto, Héctor Benavides. De todos aquellos próceres de la información (algunos omito por amnesia no por desprecio), permanece aún María Julia, aunque con un matiz cómico-comercial que siempre le mermará la calidad informativa. También se mantiene vigente Héctor Benavides, un referente en cuanto al liderazgo de opinión. El resto de los conductores de noticias actuales, incluso los que pueden considerarse periodistas, no le compiten en peso y credibilidad. No es culpa de ellos, o no del todo. Las empresas de comunicación han tomado el control de la información. El dato duro se regula de acuerdo a los intereses del medio que normalmente están determinados por la comercialización o, en el peor de los casos, por acuerdos con los protagonistas de la información.

La normalización de este “estilo” informativo, que don Andrés llamaría “neoliberal” (Satanás también debe ser neoliberal), ha dejado a la sociedad huérfana de datos útiles. Además, también expuesta a ser lobotomizada por campañas, obvias o discretas, que no intentan estimular la generación de opinión sino inducirla. En otras palabras: pulverizar la crítica. Así, los medios de comunicación no sólo han progresado fantásticamente en la mercadotecnia, también se han convertido en instrumentos indispensables para la política. Una buena razón para que don Andrés se aferre a su “mañanera” que lo proyecta como mandatario y como líder de opinión. Porque, para efectos prácticos, la “mañanera” es un noticiero, sin pronóstico meteorológico, sin sección deportiva, sin regalar boletos, aunque sí con un toque sutil de espectáculo.

 No pretendo demeritar a los conductores actuales de noticias. Muchos de ellos son gente a la que estimo, como Susana Valdés, Hugo Aranda, Maru Lozano, José Luis García, Mauro Morales, Goyo Martínez; otros a quienes respeto mucho su trayectoria, como Josué Becerra, Luis Padua, Erik Rocha, Lety Benavides… Pero ninguno tiene el peso específico de Héctor Benavides. No siempre estoy de acuerdo con su opinión, pero es alguien a quien se debe escuchar. Después de todo su opinión no se queda en sus palabras, también se repite como propia en muchos de su teleauditorio. Esto puede generar cambios en la sociedad. Tanto es así, que los presuntos desestabilizadores que señalaba el gobernador García, son inofensivos comparados con lo que un líder de opinión tan respetado como Benavides puede generar en la gente.

 No me extrañó que mamá me distrajera de la “complicadísima” elaboración de un pay de limón para decirme: “¡Mira quién está con el Arquitecto!”. Ahí estaba, todo fosfo, el ciudadano gobernador constitucional de nuevo Nuevo León. ¡Se había tardado! Tras comprobar que hasta el limón se me agrió, me puse a ver la entrevista, informal, como le gusta al joven Samuel. 

Una entrevista pactada, no sé si a solicitud de la empresa o del gobernador. En cualquier caso, conveniente para ambos. Los cuestionamientos de Benavides fueron precisos, bien intencionados, sin jiribilla. Y el joven Samuel respondió a todos. ¿Qué dijo? Pues todo lo que quería decir para enfrentar la crisis. No la del agua, ni la de la seguridad, ni la del transporte, ni la de la contaminación, sino la de su credibilidad. Y tenía qué ser en ese espacio, porque responderle al “Arqui” sin que este le desmienta o le replique con dureza, ya tiene al menos la apariencia de que lo que dice es verdad. A saber, entre otras cosas: que el “Bronco” tiene la culpa de todo, que pronto va a haber harta agua, que la tarifa del Metro es necesaria (también por culpa del “Bronco”), que va a haber muchos camiones y muy bonitos, que va sobre los que robaron del erario en tiempos del “Bronco”… Dijo lo que quería decir no para demostrar que trabaja en la solución que padecen los nuevo-nuevoleoneses, sino para intentar detener su crisis personal de credibilidad.

Francamente, no esperaba otra cosa. Tampoco se lo reprocho. No se necesitan miles de reventadores de marchas e incendiarios pagados para desestabilizar un gobierno. Se necesita una sola persona, el gobernante. Podrá tener tranquilos a los poderes fácticos políticos y económicos, pero la inestabilidad empieza cuando el gobernante se divorcia de sus gobernados. Restablecer la comunicación con ellos es tan difícil como restablecer su confianza (dos cosas distintas, necesarias y consecutivas). La gente puede festejarle sus frivolidades en el cortejo de campaña, pero en el matrimonio cívico que juró al asumir su gobierno, las cosas cambian. La sociedad es una esposa exigente, y cada ciudadano puede convertirse fácilmente en una suegra muy difícil.

El gobernador García prometió entrevistas, creo que semanales, con el arquitecto Benavides. Casi casi una nueva sección editorial; una “vespertina” local. El conductor de noticias sabe que el propósito del joven Samuel es reivindicarse ante la gente, y sabe que lo hace porque su equipo de comunicación no funciona. Sabe que su prestigio es aval para el gobernador. Sabe, además, que ese prestigio está en peligro de ser destruido o por lo menos disminuido. Riesgos del oficio que confío en que don Héctor podrá superar.

Como reacción a la crisis que causó y enfrenta el gobierno estatal, la táctica es convencional, de manual. Los creativos de comunicación no se atreven a innovar, o no saben hacerlo, y creo que tampoco a decirle “¡No!” a Samuel. Necesitarán muchas entrevistas en tanto no reinventen el área. Mientras tanto, ni ser entrevistado por el Papa tendrá consecuencias favorables cuando se empieza por un incremento a las tarifas del Metro. Porque todos sabemos que ese es el primer paso hacia el otro, el del transporte urbano. Y aquí sí, todos seremos suegras.