Por José Francisco Villarreal

A veces, cuando el bochorno y la resolana nos amodorra a media tarde, los viejoleoneses tenemos tiempo de aspirar los vapores píticos de la memoria y profetizar al revés. Desde este futuro tan desconchabado, “borneado”, diría mi abuelo, se percibe el pasado como idílico, un verdadero pretérito pluscuamperfecto. Pero espulgando un poco, nos encontramos que siempre estuvimos del nabo, y que la fantasía del pasado mejor no es porque lo haya sido sino porque no era mejor que este presente, y hasta pudo ser peor, pero lo superamos. Más allá de mi memoria, aún me sorprenden las historias de la familia, como la de aquella tía abuela que cruzó la ciudad en una calesa en medio de una batalla… Algunas cosas no cambian, y hoy la ciudad sigue siendo un campo de batalla. También tuve un tío abuelo, uno de los mayores de 15 hermanos, que desapareció hace un siglo; sí, desapareció. No como las desapariciones actuales, sino las famosas “levas” para engrosar contingentes militares de cualquier bando. Soldados no por ideas políticas o sociales, sino por la certeza de que enfrente había un tipo que debía matarte y había que matarlo primero, aunque supiera que el eventual agresor pensaba exactamente lo mismo.

Por aquellas historias familiares entreveo que ese “Viejoleón” no era precisamente revolucionario. Debió ser traumático para aquella gente elegir entre Porfirio Díaz y Francisco I. Madero. Ambos con arraigo local. Uno, institucional; el otro, “paisano”. Después de todo, y mucho más hacia el norte de Coahuila y Nuevo León, los lazos familiares, amistosos y comerciales, eran muy estrechos. ¡Y como no! Si tenemos enfrente a Texas, siempre amenazante. Buenos guerreros a fuerza de enfrentar a indios y a bandidos texanos (indios güeros, les decía una tía abuela). Supongo que la disciplina militar adquirida en el campo no en la academia, hacía tropas sólidas y bien articuladas. Sabrá Dios en qué batalla quedaría aquel tío abuelo, o en qué bando lo obligaron a pelear.

Estos detalles de nuestra historia, además de poco conocidos, también son incomprensibles para los nuevo-nuevoleoneses. La verdadera historia de un pueblo está hecha de anécdotas muy particulares, pero que caracterizan mejor a la sociedad como protagonista, no a los “próceres”. Y tal parece que hoy todo gira alrededor de la política. Siempre habrá puntos de contacto con el pasado, aunque con matices muy de nuestro tiempo.

Sin ir tan lejos, a la fecha (quién sabe mañana) la “leva” naranja ha asimilado a más de media docena de presidentes municipales. El hecho de que haya leva ya implica guerra. Ya se han dicho muchas cosas al respecto de las causas (mezquinas, según) y las manos negras, no naranjas, que están detrás de estas deserciones. Se van a decir muchas cosas más. Ciertas o no, el hecho es que a los ciudadanos nos importa un sorbete en qué bando, partido, pandilla, logia o grey se afilia un funcionario público. No es nuestra guerra, pero sí sufriremos las consecuencias. Siempre es así, por más distancia que pretendamos poner. Ahí está el caso de Ucrania y Rusia: ellos se aporrean y a mí me aumentan el precio del kilo de maíz.

Decía antes, sobre el alcalde de Santa Catarina, que su renuncia al PAN no fue causada por los catarinenses sino por el propio PAN. Los líderes panistas locales han perdido mucho tiempo asumiendo que la gente, los electores, no tienen más opción que PAN, PRI y MORENA, como partidos fuertes. Debieron ponerse aguzados cuando Dante Delgado vino a Nuevo León. Si revisaran con cuidado su itinerario, se darían cuenta que es como Pablo viajando por las provincias romanas, sólo que Dante predicando el evangelio naranja. La descomposición de los partidos viejos, su indefinición ideológica, su corrupción, facilita las conversiones… además de, claro, el interés. Es lo mismo que hizo don Andrés con Morena, pero con más precisión, porque esta leva en Nuevo León es selectiva, no de soldados sino de mercenarios. Esta recomposición de filiaciones municipales es intrascendente…, por ahora. No se está “pintando” a Nuevo León de naranja. Los municipios, así sean las mentadas joyas de la “corona” partidista, no tienen filiación. El pueblo no pertenece a nadie más que a sí mismo y a su capricho a la hora de votar. Y aquí estaría el riesgo. Cada nuevo alcalde anaranjado, por supuesto, tendrá la consigna de asegurar votos anaranjados, ampliar la base de militantes y simpatizantes, independientemente de otros “arreglos” y “compromisos”. Con el tiempo en contra para hacer arraigo, la tentación de forzar el voto es grande, porque el funcionario puede cambiar de partido, pero eso no significa que automáticamente quienes lo eligieron también lo harán. Esta leva es más difícil, y como los políticos han perdido la virtud de la paciencia, siempre habrá la posibilidad de hacer una leva salvaje, violenta, toda proporción guardada, como la que se llevó a mi tío abuelo.

Lo más simpático de esta nueva comunidad de funcionarios cítricos, es que Movimiento Ciudadano no ofrece la consistencia ideológica que perdieron los viejos partidos. De hecho, a mí me da la impresión de que MC, aunque presuma de ser de “centro-izquierda”, es una derecha radical “de closet”, muy semejante a la que ya carcome a la Unión Europea. Sin una propuesta ideológica clara, no hay motivo para afiliarse como no sea la novedad o el interés. El evangelio naranja no es claro (nada qué ver con la “Biblia Católica Naranja” de Dune), no ofrece mucho al ciudadano que está interesado en la política, y la mayoría no lo está. Así que, si todavía no se puede evangelizar a la masa, hacer leva entre quienes pueden controlarla es una buena táctica. Hasta el cristianismo conquistó un imperio “convirtiendo” a un emperador.

Por ahora no me preocupa mucho la leva de funcionarios… Pero si hay leva hay guerra; el campo de batalla es el padrón electoral. Y eso sí debería preocuparme.