Por Francisco Villarreal

Tres robots. Uno pequeño, humanoide, juguetón, pícaro, cuyos antepasados fueron monitores de bebés que hicieron “mal su trabajo”. Otro más grande, también humanoide, un poco ingenuo, evolucionado desde una consola de videogames. El tercero, con voz femenina, es una pirámide ambulante. Los tres recorren una ciudad de la Tierra, o lo que queda después de la devastación por un apocalipsis ecológico. No hay nada científico en su recorrido. Sólo son turistas, y se portan como turistas. Toman fotos, juguetean con cadáveres y especulan sobre lo que para ellos sólo son restos arqueológicos. En su tour llegan a un gimnasio y encuentran una pelota. Intentan entender para qué la utilizaban. La “pirámide”, sarcástica, les aclara: “Eran humanos. Rebotar cosas era lo más cercano a explotar su capacidad cognitiva”. Esto no es un spoiler de un episodio de Love Death & Robots. La historia se pone más interesante cuando encuentran un gato vivo.

La fantasía no está divorciada de la realidad. Tal vez sea una crítica más descarada a nuestra estupidez. Las palabras del robot “pirámide” sobre la pelota son bastante ilustrativas, y muy certeras. Me impresionó muchísimo el escenario de muerte y devastación en ese episodio. Deprimente, desolador y verosímil. Casualmente lo vi cuando reflexionaba sobre la depresión, que siempre es desoladora. No porque padezca esa patología, supongo yo, sino porque me parece que el cuadro sintomático saltó del redil individual para retozar en lo colectivo. No sé si exista la depresión social clasificada como patología. Debería existir, ya que la felicidad, esos instantes evasivos que sólo disfruta quien los sufre cuando se esfuman, se ha vuelto indicador social, económico y hasta demográfico. Se dice que los mexicanos somos porcentualmente felices; ergo, debe decirse también qué tan porcentualmente depresivos somos. En el nuevo Nuevo León, este porcentaje “depre” es directamente proporcional a la incapacidad de la gente para frenar, castigar o resolver la incompetencia de los tres órdenes de gobierno.

No estamos al borde del suicidio, al menos no como sociedad. En todo caso, nuestra “depre” es reactiva. Testigos no tan impasibles de cómo rebotan la pelota, sólo la rebotan, sin acertar una canasta ni anotar un gol… deliberadamente. Eso me lleva a creer que los cánones del liderazgo social emanado de una decisión democrática ya están caducos. El gobernante busca el poder, no el gobierno. Se organiza ese “gobierno” jugando con el comportamiento predecible de los ciudadanos, pero sin comprender qué es lo que genera y qué es lo que inhibe ese comportamiento, ni siquiera lo intentan. La zanja que cavan entre la clase política (que lo es) y la gente es enorme.

Así rebotan la pelota. Nuestro gobernador, por ejemplo, ha desatado una cacería contra lo que él y algunos medios llaman “aguachicoleo”. Sobran registros en las redes sociales de su frenética cacería. La acción es tardía y, con la pena, no le corresponde ni siquiera presumirlo como acción propia. CONAGUA y AyD son quienes debieron y deben ejecutar ese lance. El joven gobernante amenaza con despojar a cervecera de parte de su concesión de agua. Creo que tampoco le corresponde, sino a la siempre omisa CONAGUA, además de que no hace sino verbalizar una ORDEN que han emitido diariamente los ciudadanos desde que inició esta crisis. Samuel García escala su enfrentamiento con el Congreso local, especialmente con la fracción panista y el grupo que controla al panismo estatal. Ni para dónde hacerse. El caso de la UIF es notorio, porque es un arma política letal bajo el control tanto del gobernador como de las mafias partidistas y sus avatares legislativos. La autonomía de este organismo siempre será falsa si depende de uno o de otros, o de ambos. Y sobre los caciques panistas, siempre se ha sabido y no se ha callado, pero nunca se ha actuado. La complicación adicional es que, si bien es necesario exhibir y castigar a funcionarios de ese y cualquier otro partido, siempre ondearán la bandera de “persecución política”, una versión chafa de la Ley de Amparo y de los decretos de Diocleciano. A través de esta grieta se puede ver por dónde empieza la impunidad en México. Cuando la defensa ante un señalamiento empieza con declararse “perseguido político”, ya se nota qué tan jodidos estamos. Porque la persecución puede ser cierta, y también la culpa.

Así rebotan la pelota en un juego, inexplicablemente sin marcador ni árbitros, donde los triunfos son de ellos, pero las derrotas siempre son nuestras. Ninguna de las acciones y pregones sobre agua, seguridad, contaminación, corrupción, movilidad, estabilidad política, han tenido alguna consecuencia positiva sobre la gente. Se recupera agua “robada”, se cavan pozos, se pide agua a empresas y particulares, y el suministro sigue empeorando. Se anuncian estrategias de seguridad, y siguen las ejecuciones. Se impone “impuesto verde” y seguimos respirando gris. Y así.

Es imposible que alguien sea tan incompetente. Aunque sí se puede ser tan insensible para tener otra intención. Porque no puede ser casual que las soluciones sólo empeoran la situación. Son como los latigazos del domador de fieras, donde la sociedad sería la fiera. Rebotar sin sentido aparente la pelota, y la sociedad, me temo, sería la pelota. Hace poco le comentaba a un buen amigo que tal vez no necesitemos líderes sociales o políticos sino un mesías (de preferencia no muy tropical). Ahora corrijo. Tal vez lo que necesitamos sea una cruzada para recuperar los santos lugares de las soberanías legislativa, ejecutiva y judicial. Y puede que no sea tan difícil, porque los infieles que las usurpan son infieles incluso con ellos mismos. Es eso o ceder mansamente al condicionamiento y olvidar para siempre nuestra ferocidad… o Libertad, que también le dicen.

Mi duda es: en el fondo ¿para qué quieren domesticar con tanta urgencia a la sociedad? Y no creo que sea sólo por un voto. Sería condenarnos a un trágico fin, como el pobrecito mono disfrazado de sicario… o a algo todavía peor.