Por José Francisco Villarreal

Don Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (José Luis según el cultísimo Fox y el no menos eminente rey de España), no debió batallar demasiado para reconstruir las ruinas de Uqbar. Habían estado ahí desde hacía siglos, en los otrora opulentos dominios de Ad. La península árabe todavía atesora las momias de viejas ciudades, normalmente destruidas por Dios a causa de su soberbia e idolatría. Aunque el Ubar árabe fue más bien una región y hay más de una presunta “Iram de las Columnas”, todas ellas fundadas por la estirpe de Ad, choznos de Noé. El profeta Huwayd les advirtió que Dios estaba muy molesto con ellos. No hicieron caso. Los castigó con piedras y fuego del cielo. No escarmentaron y erigieron ídolos, uno de ellos llamado Samud (que no Samuel), y les rindieron culto. El profeta Hud les advirtió que Dios ya estaba muy encabronado. Tampoco hicieron caso. Esta vez Dios agarró parejo y mandó una tormenta devastadora. Los pocos que no murieron se pusieron a cultivar olíbano y a vivir modesta y discretamente. Cuando Dios se enoja es bastante exagerado. Las prósperas ciudades arábicas, con rutas sembradas de caravasares, devinieron en dunas y ruinas. Todo por soberbios y por andar adorando a dioses de mala calidad y peor reputación. 

Afortunadamente Dios ya no se mete tan directamente con la humanidad. Por decepción o desidia nos soltó la rienda. Somos un caso perdido seguramente. Un tanto puede ser por nuestra soberbia como especie, otro porque nuestros profetas ya sólo escriben artículos y columnas de opinión. Ni cómo culparlos (nos).  Mi escritorio es un caos cómodo; un paso afuera del umbral de mi casa y la comodidad desaparece, pero no el caos. Es entonces necesario inventar un entorno, si no cómodo al menos inteligible. No queda de otra que volvernos masoretas de Babel (otra ciudad castigada por el Altísimo). No arreglamos un café con leche, pero es divertido.

Como Dios ya no nos envía mensajes ni por WhatsApp, debemos estar atentos a cualquier señal. La falta de agua en Nuevo León no es una señal, es una profecía cumplida a medias… todavía falta. El asesinato de dos misioneros jesuitas en Chihuahua, por ejemplo, es una señal. La masacre de policías de Fuerza Civil en Anáhuac, es otra señal. Las burlas contra el hijo del presidente López también son señales. Y las “corcholatas” placeándose, y las tribulaciones del joven Alito, y… Estas señas no las manda Dios (ni nos topa), las enviamos entre nosotros mismos. Lo malo es que no hay profeta que atine a decodificar correctamente el mensaje. Las reacciones, por lo tanto, sólo complican las cosas. El aleteo de una mariposa en el Palacio de Cantera causaría un tsunami en la presa La Boca. La Teoría del Caos en todo su esplendor.

En Chihuahua, todo podía esperar como reacción de la Iglesia al asesinato de los sacerdotes. Todo menos eliminar los abrazos del teorema presidencial. Los abrazos de hoy, porque los criminales han estado acostumbrados a esos apapachos oficiales desde hace décadas. Es inconcebible que un cristiano reniegue de un principio evangélico y, lateral pero obviamente, autorice la violencia y los balazos. Jesús pudo muy bien azuzar a un par de legiones celestiales para evitar su martirio y liberar a los judíos, pero no lo hizo. Tampoco es que confíe tanto en la estrategia de seguridad federal. Trasliterando la teoría laboral de mi abuelo, “a Dios rogando y con el mazo dando”, diría más bien: “Abrazos y porrazos”. Además, no me queda muy claro que un líder criminal sea tan torpe para cometer esos asesinatos nada más por sus pistolas. Un líder criminal podrá ser muy sanguinario, pero no es estúpido. Hay casos, como estos, donde un homicidio es además una suerte de magnicidio. Sospecho que aquí hay gato encerrado, y con uñas muy afiladas y largas, muy largas.

Tampoco creo que la emboscada en Anáhuac sea tan gratuita. Ya costó muy caro en vidas, pero no creo que todo pare en eso. A los grupos criminales no les interesa agredir a la gente común, después de todo son sus clientes; ellos operan con y contra los grupos de poder económico y político. Me resisto a creer que una acción tan calculada sea sólo un incidente. Hay un mensaje en esto que debe involucrar e interesar a los gobiernos de tres estados y de la federación. Sobre todo, con el gobierno nuevoleonés débil, el de Tamaulipas en ríspida transición, el de Coahuila en vísperas de elecciones, y el federal distraído con la “oposición”.

En lo local, el agua, su ausencia, es un tema crítico, pero también se ha convertido en distractor. Si la sed es emergente, la estabilidad social también es prioritaria. Esta crisis hídrica ha derrumbado ídolos que adoramos durante años, y de paso nos está dando lecciones de humildad.

Los reineros no somos la divina lampreada ni fuimos tejidos a mano; no somos más ricos, ni más cultos, ni más inteligentes. Los próceres empresariales ya no son los padres putativos del obrero, como pretendieron serlo en el siglo pasado. Hoy son tan patrones tiránicos como sus ancestros paleoneoliberales de la Honourable East India Company.

Hemos sido además tan tontos para elegir normalmente a los peores gobernantes y tan cobardes para tolerar a los peores gobiernos. No sé si esta sequía nos haga sacar la casta (no lo creo), pero un par de señoras bloqueando la Carretera Nacional me da alguna esperanza… Y mis aguerridas amigas feministas, ¡cómo no!

No sé si las tribus islamitas de Ad pasaron por tribulaciones semejantes. Tal vez sí, y eligieron adorar al diosecillo Samud (que no Samuel) en lugar de mover las patitas y las manitas para arreglar sus asuntos. No creo que Dios nos mande lluvias de fuego y tormentas de arena para castigar no nuestra soberbia sino nuestra desidia. Cubrimos una crisis con otra. Clamamos por agua, como si fuera lo único de lo que carecemos. Al paso que vamos, por obra nuestra, acabaremos como la momia de una ruina bajo la arena, como Uqbar. Y ya no hay Borges para rescatarnos del olvido.

NOTA MENTAL: No leer noticias cuando esté leyendo literatura distópica. Hago asociaciones muy extrañas, y no son tiempos para leer The Burning World.