Por Carlos Chavarría

No es la imagen presidencial, tampoco el resultado de los procesos electorales que vienen, es la libertad la que esta bajo amenaza.

La humanidad ha llegado a este grado de desarrollo gracias a la intencionalidad conjunta y la convivencia con aceptación de los demás, que hoy están rotas.

Con esos dos pilares como cimiento, pudimos diseñar creencias comunes, y una de ellas, la mas importantes es la libertad, que hoy esta bajo amenaza ante la omisión implícita en la “estrategia” que aplica el Estado como contención de la violencia producida por francos antisociales, confundiéndose con la renuncia a tutelar y proteger la vida de los mexicanos que sí aceptan las reglas y normas.

Uno de los signos más evidentes de una sociedad en ruta de su colapso es la pérdida de la libertad y hoy el crimen y la impunidad, así como la violencia reactiva en general ya ha minado y destruido la libertad en demasiados espacios del territorio nacional.

No es solo un asunto de política electoral entre diferentes corrientes actoras del poder, sino de la supervivencia de nuestra pacífica forma de vida y de la cultura que hemos construido.

No solo se mancha las manos de sangre un gobernante cuando activamente reprime al pueblo que lo eligió, también igual ensucia su paso a la historia cuando se sienta a contemplar cómo la autoridad del Estado que le fue conferida, se ve socavada por el desprecio sociopatológico que muestran los criminales por la vida en comunidad, esperando que surta efectos un proceso de pacificación que no cabe en el fenómeno que en este corto plazo esta ahogando al país.

Ya son cuatro años de practicar la oferta de compensación desde el gobierno para aquellos que la desigualdad económica dejo atrás, y los resultados muestran que se requiere al mismo tiempo enseñar que el costo por delinquir y atentar contra la vida de lo seres humanos es mayor, y el riesgo de no aceptar la noble oferta, no vale la pena ante las alternativas que tenemos y tuvimos todos.

La historia de nuestro país en su lucha contra la delincuencia viene de casi un siglo de aplicar la teoría de que el gobierno podía controlar y mantener la criminalidad en niveles “tolerables” y el resultado fue que se pudrió el sistema de seguridad pública pues llegó a confundirse quienes eran los criminales y quienes los defensores de la ciudadanía, además de destruir el espíritu de cuerpo de las fuerzas del orden, tan necesario para vencer. Sin esta última motivación de los cuerpos de seguridad la degradación se convierte en crisis.

Mismo razonamiento aplicaron los que impulsaron la legalización de la mariguana y sostenían que quitándole “lo negro” al mercado del estupefaciente, en automático la violencia se reduciría, pero no resultó, ni resultará así en tanto no existan y se apliquen los incentivos y castigos suficientes y necesarios para abandonar el mal camino.

Uno de nuestros residuos evolutivos es la violencia reactiva que solo la podemos dominar con educación y las convicciones apreciativas más profundas de que el amor al prójimo,  solo puede vencer nuestra paradoja de la bondad, con disciplina aceptada por voluntad como lo mejor para todos. Somos capaces de hacer muchas cosas buenas, pero dentro, en nuestra epigenética existen herencias irracionales que no se someten al raciocinio con facilidad.

No es racional ni deseable que las normas solo sean aplicables al “pueblo bueno” mientras se tolera que cada vez más auto-excluidos se apoderen de la tranquilidad y seguridad de vivir en una sociedad ordenada.

Por los hechos, sabemos que  existen zonas del país que ya participan de la cultura de violencia como método para defenderse ante los vacíos que el Estado ha ido entregando o le han sido arrebatados en un claro efecto de sobrevivir ante la indefensión y el abandono por parte de las instituciones.

Llegado a ese punto ya no se trata de un Estado fallido sino de evitar el colapso de la sociedad y la violencia puede convertirse en el punto de no retorno, tan o más importante como una pandemia y mortal por necesidad.