Por Francisco Tijerina Elguezabal

El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar. // José Ortega y Gasset

Como ha sucedido desde tiempos inmemoriales, los priistas perpetúan el rito heredado de generación en generación de olvidarse de los ideales, la plataforma, los avances, la misión y visión del partido para cobrar venganza, montar un motín y arrebatarle el poder al grupo que hoy lo ostenta.

No importa el precio, no importa el costo, no importan las repercusiones.

Se puede estar o no de acuerdo con las formas y estilos de Alejandro “Alito” Moreno, dirigente nacional del tricolor, pero lo que es un hecho irrefutable es que los militantes del otrora “partidazo” no han aprendido, después de tantos años y miles de descalabros, que es exactamente la misma receta que les han aplicado siempre y por la cual perdieron todo el poder, la que hoy les están dando y se la están engullendo enterita.

¿A quién le conviene un priismo debilitado? ¿Cuándo y cómo inició la serie de acontecimientos que hoy provocan que muchos priistas a lo largo y ancho del país pidan con vehemencia la cabeza de su líder?

Lo más grave y preocupante es que esos “insignes” partidarios del PRI por largo tiempo estuvieron callados, agazapados, escondidos y saltan a la palestra para exigir sus “derechos”. Basta verlos y echar un poco la línea del tiempo atrás para ver que desde hace mucho dejaron de trabajar con las bases, dejaron de opinar y participar y se sentaron cómodamente a esperar el momento de lanzarse al abordaje.

Son caníbales.

Resulta increíble la forma en que alzan la voz para hacerse escuchar buscando hacer pedazos a su líder, pero cuando les pides un nombre para sucederlo en el cargo en un delicadísimo momento electoral, no son capaces de pronunciar palabra; a lo sumo balbucean con temor el de algún viejo priista, pero ese señorón desde hace tiempo carece de equipo de liderazgo, de grupo.

Creen que juegan a la democracia y no se dan cuenta de que están jugando con ellos, que los están utilizando, que están sirviendo al enemigo.

¿Qué más puede perder el PRI después de lo que ha perdido? ¿No será infinitamente más dañino el remover en este momento a los actuales dirigentes por el golpe de imagen que se proyecta, que el sostenerlos a sangre y fuego y pelear una batalla que ha iniciado desde sus opositores?

Habría que empezar por enseñarles a todos esos militantes tricolores la vieja máxima de “divide y vencerás” y si hoy ellos están relegados y no forman parte del grupo en el poder, deberían pensar en la posibilidad mucho más inteligente de primero ganar más posiciones y consolidar el poder y después, sólo después, cambiar sus liderazgos, porque de otra forma van a quedarse sin dirigentes, pero también sin partido.